miércoles, noviembre 16, 2016

Retrato del horror de Iguala. Entrevista con John Gibler


Retrato del horror de Iguala
Entrevista con John Gibler*
Ariel Ruiz Mondragón
Los hechos ocurridos en Iguala en la noche del 26 al 27 de septiembre de 2014 aún son motivo de investigación, discusión y confusión por las distintas y encontradas versiones que se han dado acerca de ellos.
Por lo anterior resulta muy importante dar a conocer lo que vivieron aquellos días las principales víctimas de los hechos: los estudiantes de Ayotzinapa que sobrevivieron a aquella noche de crueldad. Esto es lo que ha hecho John Gibler en su libro Una historia oral de la infamia (Grijalbo, Sur +, 2016), en el que engarza diversos testimonios para dar un panorama general de lo ocurrido.
Replicante charló con Gibler, quien es graduado en la London School of Economics y fue profesor visitante en la Universidad de Hampshire. Periodista de investigación, reside en México desde 2006. Autor de al menos seis libros, ha colaborado en medios como Left Turn, Z Magazine, In These Times, Common Dreams, Yes! Magazine, ColoLines, Democracy Now!, Milenio Semanal y Contralínea.


Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir y publicar un libro como el suyo?
John Gibler (JG): Antes que nada, para simplemente buscar la verdad de qué sucedió en Iguala la noche del 26 al 27 de septiembre de 2014. Digamos que podríamos identificar dos fases de este trabajo: la primera, en los días iniciales cuando llegué para empezar a entrevistar a sobrevivientes y conocer qué había sucedido. Fue la primera semana de octubre de 2014, cuando no se entendía nada, ni los hechos básicos. Entonces allí empezó el trabajo: para simplemente saber qué pasó aquella noche.
Segunda: ¿por qué publicarlo en forma de libro, si ya publiqué una crónica larga en diciembre de 2014? Dije: “Todavía hay más elementos, más ángulos que urge tratar”. Me costaba mucho tiempo simplemente encontrar el mayor número de sobrevivientes posible, de diferentes escenarios de los ataques de esa noche: normalistas, miembros de los Avispones, periodistas, gente del basurero, etcétera.
Cuando ya tenía casi un año de trabajo, de entrevistas y las transcripciones, me pregunté: “¿En qué forma contar esa historia?”. Y pensé: “En una forma de historia oral, porque las puras historias directas, los puros testimonios narran de una forma intensa, y no hace falta que yo escriba nada”.
Mi trabajo fue ir a buscar y escuchar, y después estructurar las entrevistas de una forma que constituyera un libro que atrapara al lector, y que lo haga, dentro de lo posible, sentir algo de lo que vivieron estas personas.

AR: ¿Qué posibilidades y qué limitaciones le dio ahorrar su voz en el libro? Aparece sólo dos veces muy claramente: en la introducción y cuestionando brevemente al médico que le negó atención a los normalistas en el hospital privado.
JG: La posibilidad de dar el mayor enfoque posible en la voz directa de las personas que estuvieron allí. Sí aparezco dos veces: la primera vez es para decir “esto está hecho a base de entrevistas, de tal fecha a tal fecha, algunos pidieron anonimato o seudónimos, lo cual se ha respetado. Esa es mi manera de ser honesto con los lectores y decir: yo hablé directamente con cada una de esas personas”. O sea, yo no saqué nada de YouTube ni de otras entrevistas que hicieron otros colegas ni de expedientes. Cada texto de aquí implicó que yo estuviera frente a frente con un ser humano, con esas personas, simplemente escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y eso es lo que comparto: el ejercicio de ir y de escuchar.
En el otro momento sí me incluyó, porque me pareció simplemente una escena tan relevante, tan terrible, donde para mí los principales protagonistas son Marcela Turati y el médico; yo estaba en medio, como abrumado, apuntando todo en mi libreta, pero él dijo algo que me hizo enojar tanto que le hice una pregunta que para mí parecía exageradísima, y ya ves la respuesta.


AR: ¿Cuáles fueron las principales dificultades y retos que le planteó esta investigación? Por ejemplo, no era tan fácil ganar la confianza de los entrevistados.
JG: En primer lugar, acercarme a ese epicentro del horror: pisar Iguala, ir a las fosas clandestinas, a Cocula en un momento en que los halcones te seguían a cada cuadra. Allí se respiraba cobardía, horror e impunidad.
Eso sí fue un reto grande que tuve que enfrentar. Posiblemente pueden pasar cosas muy fuertes aquí, pero yo voy a escuchar, a seguir y a acompañar.
Acercarme a los papás fue muy difícil, no porque ellos me pusieran algún tipo de barrera sino que yo los veía en un dolor tan crudo, tan intenso, tan terrible, que en los primeros meses no quise pedirles entrevistas. Dije: “Ahora no, buscan a sus hijos, y cuando quieren comunicar algo a la prensa llaman a una conferencia y hablan. Allí voy a estar yo grabando”.
Ya mucho tiempo después, cuando ya había también más confianza porque me habían visto tanto tiempo, empecé a pedirles entrevistas, y aquí hay algunas. También hay una especie de entrevista con uno de los padres, que es don Mario González; en una ocasión yo estaba parado afuera del Palacio de Justicia del estado, con mi libreta y grabadora en mano, y cuando él salió tan enojado de una reunión con el gobernador y me vio nada más parado allí, se me acercó y empezó a contarme todo. Yo ni le hice preguntas: él traía las ganas y la rabia de contar lo que había sucedido, y yo lo grabé. Al día siguiente lo vi en una marcha, y como ya habíamos tenido ese contacto directo, me atreví a acercarme y decirle: “¿Me puede contar algo más de lo que sucedió ayer?”. Y me volvió a compartir. Esas dos transcripciones están en el libro.
Después de las primeras entrevistas con sobrevivientes, me presenté ante el comité estudiantil, les entregué ejemplos de mi trabajo, libros y textos impresos de crónicas en revistas, y pedí permiso para hacer una reunión con todos los sobrevivientes para poder volver a presentarme ante ellos colectivamente y solicitar las entrevistas, lo cual aceptaron. Organizamos esa reunión, me presenté ante ellos, y la gran mayoría dijo que sí, y empezamos a organizar ya de una forma estructurada las entrevistas uno por uno.


AR: ¿Cómo escogió a sus entrevistados? Además de normalistas y padres de familia, buscó al doctor de la clínica, a empleados del basurero de Cocula y a muchos otros. Pero ¿a las autoridades, al director de la escuela de Ayotzinapa, o incluso a algunos de los inculpados por los hechos?
JG: Entrevisté a varios policías estatales, al director de la escuela de Ayotzinapa, a varios maestros, a regidores y funcionarios de Iguala. Esas entrevistas no las incluí en este libro. Aquí yo quiero enfocar la mirada en las personas que sufrieron los ataques, pero también hay que ser sincero: en las entrevistas, la mayoría de los oficiales me mintieron descaradamente. Sí podría tener un valor periodístico; por ejemplo, tengo a un comandante de la Policía Ministerial parado enfrente de las fosas de La Parota en Iguala, creo que fue el 4 de octubre, diciéndome: “Allí están 17 de los normalistas quemados; los demás ya regresaron a sus casas”. Una mentira bárbara, descarada, evidente; yo hasta le dije: “No puede ser: si ya hubieran regresado sería una noticia mundial”. Me dijo: “Ya vas a ver ahorita que regreses, donde haya señal, que ya regresaron”. Así, con tal descaro, me mintieron.
Eso tiene un valor periodístico, pero aquí no: en este libro no quiero que hablen las mentiras sino las verdades, y son, para mí, lo que vivieron las personas en la calle aquel día.
No es de que no entrevisté a otras personas sino que yo decidí que en este libro van las voces de los sobrevivientes y de las familias con muy pocas excepciones, como el médico, porque dije: “Aquí quiero retratar el horror”. También están las de los trabajadores del basurero porque ellos son personajes clave porque trabajaron ese día y no había nada. Y hay dos documentos que cito brevemente, del Equipo Argentino de Antropología Forense y GIEI, simplemente para darle contexto a lo que era la versión de Cocula.


AR: ¿En qué medida estaban informados los estudiantes de Ayotzinapa de lo que iban a hacer y de la situación? Se comenta que no sabían bien a bien de qué se trataba, se les llamó a la actividad, que era un boteo; por allí alguno menciona que iban a secuestrar autobuses, pero que el Comité se lo guardaba.
También ya habían pasado asuntos graves en Iguala, lo que incluye el asesinato de un líder social, Arturo Hernández, que no tenía mucho tiempo de haber sido cometido. ¿La gente de la Normal no estaba informada de eso, del vínculo del narcotráfico con el gobierno municipal, por ejemplo?
JG: La mayoría de los estudiantes que iban en los dos camiones Estrella de Oro que salieron de la Normal alrededor de las cinco y media de la tarde del día 26 de septiembre eran de primer año; llevaban apenas dos meses allí. En muchos casos, ese viernes había sido su primer día de clases, y muchos de ellos jamás en su vida habían pisado Iguala, no sabían ni quién era el alcalde ni qué relación tenía con el tráfico de drogas ni nada.
Allí se ven dos cosas, que son de la estructura estudiantil: tienen una estructura vertical, tienen comité de lucha y tienen base. El primero decide en asamblea qué se elige, decide qué acciones, manda y la base sigue. Ellos llaman a actividad; muchos, como dice el libro, ni siquiera sabían en qué iba a consistir la actividad. Algunos sabían, pero otros no.
Hubo caos en eso, porque, por ejemplo, ellos no hicieron una lista de quiénes iban; ni el GIEI ni los estudiantes tienen una lista completa, exhaustiva, de quiénes iban en esos dos camiones. Varios estudiantes sobrevivientes llegaron a la Normal la tarde del 27, allí llegaron sus papás y se los llevaron a casa. Muchos regresaron para después estar en todo el proceso de lucha, pero algunos no. Por eso no hay una lista al ciento por ciento completa de quiénes iban en esos dos primeros camiones.
Claro que hubo algo de caos o descontrol en la actividad, pero hay que tener mucho cuidado con que esos jóvenes iban a pensar que los iban a atacar, matar, mutilar y desaparecer.
Algo que ves con los estudiantes de segundo año, que ya tenían algo de práctica, es que todos dicen: “Siempre nos enfrentamos con la policía, es parte de esto. Pero nosotros les gritamos: ‘Somos estudiantes de Ayotzinapa, no traemos armas’, y los policías bajan sus armas, los regañan, les dicen ‘chavos: así no, no pueden hacer esto”, y se van, o, en algunos casos los detuvieron y les dieron un par de golpes. Pero todos dicen: “Nosotros jamás nos imaginamos que iba a suceder una cacería, una matazón y la desaparición forzada masiva”.
Hay que tener mucho cuidado: por un lado hubo caos y desmadre, por decirlo así, lo que ellos mismos cuentan, pero eso no implica, para mí, ninguna responsabilidad en los hechos. ¿Quiénes son responsables? Los policías que los atacaron, y toda la estructura de autoridad que participó en el ataque o que se quedó parada y dejó suceder el ataque.


AR: De lo que ha investigado, la toma de los camiones era una actividad normal, que se hacía año tras año, pero de esto resulta una cacería, como dice. En un testimonio, Édgar Jair dice: “Nosotros sabíamos que no nos podían disparar porque nosotros somos estudiantes”. Un padre recuerda una frase clave: si fueran gente mala no irían desarmados. Entonces, ¿por qué fueron estos ataques? Uno de los estudiantes dice: “A mí me tocó que me dieran un balazo, me fue mejor que a los que desaparecieron”. ¿Por qué ocurrió este ataque tan grave? ¿Por qué no hacer como en Chilpancingo, que los bajaban de los camiones y se los quitaban? ¿Por qué fue tan desmesurada esta acción, que es un escándalo mundial? ¿A qué se debió tanta sevicia?
JG: No tengo ninguna explicación. Quienes saben por qué tanta desmesura, tanta saña son quienes lo hicieron. Hasta el momento solamente tenemos declaraciones de algunos inculpados hechas, al parecer, bajo tortura.
Hay una hipótesis del GIEI: que uno de los camiones que los estudiantes agarraron traía algo, según un cargamento de droga y de dinero en efectivo. Eso lo proponen como una línea de investigación que hay que seguir para poder explicar por qué tanta escalada de violencia, tanta saña, tanta crueldad.
Lo que queda más que claro y lo que se evidencia en este libro es que en esa noche no hubo ninguna confusión: no confundieron a los estudiantes de Ayotzinapa con un grupo rival del crimen organizado. Eso es absurdo, patético, ridículo. Jóvenes pelones, en playera y huarache secuestrando camiones: así no se mueven quienes controlan el negocio multimillonario del trasiego de drogas, como todo el mundo sabe. Uno que vive en esas zonas sabe cómo se mueven esos señores: en patrullas, con armas largas, no se mueven desarmados y con huaraches. Esto es lo que comentaba el papá.
Los hechos muestran verdades: iban desarmados, en huaraches, en camiones porque son estudiantes de Ayotzinapa que querían unos autobuses para sus actividades, para ir a la marcha del dos de octubre y después hacer sus observaciones escolares en la montaña de Guerrero.
Quienes los atacaron, en coordinación con policías municipales, fueron los estatales, federales y hombres armados vestidos de civil. El Ejército observó y dejó suceder, y solamente llegó a la clínica Cristina para regañar a los estudiantes y hablarles de buenas calificaciones. Un joven estaba desangrándose al borde de la muerte, y los soldados estaban hablando de buenas calificaciones.
Sería irresponsable decir el porqué. Ese fue el enfoque de este trabajo: antes de llegar a poder enfrentar la pregunta del porqué, es obligatorio enfrentar primero la pregunta ¿qué sucedió?, porque el Estado nos ha dado una versión que simplemente no corresponde en nada con los hechos, con las experiencias de los sobrevivientes ni con ninguna de las investigaciones independientes serias.
Para llegar al porqué primero tenemos que esclarecer al último detalle el qué; después, cuando haya una verdad completa, podemos preguntarles a los perpetradores, en toda la cadena de mando (no solamente los policías municipales sino los estatales, federales y sus mandos, y los políticos que están vinculados): ¿por qué, cabrones?


AR: Todavía está por desbrozarse el qué pasó, pero de lo que presenta en el libro y del trabajo que hashecho, ¿le encuentras un matiz político a estos hechos? Si se llevaban los camiones no pasaba nada, si se los quitaban no ocurría nada, si venían a la marcha del 2 de octubre tampoco.
JG: La manera en que varios protagonistas de los ataques los identificaron como estudiantes de Ayotzinapa. El joven que recibió el balazo en el brazo cuenta que les decían “pinches ayotzinapos, si traen tantos huevos que se vea”. Entonces sabían exactamente quiénes eran estudiantes de la Normal. Hay un director del hospital de Iguala que le dijo “pinche ayotzinapo, te hubieras muerto”.
Sabían exactamente quiénes eran, entonces también a lo mejor hubo un contenido de clasismo, de rencor social, antimovimiento popular en el ejercicio de esa violencia. Pero eso todavía hay que esclarecerlo: ¿qué motivó ese operativo gigante y atroz de la muerte?


AR: Uno de los más espeluznantes testimonios es el del doctor de la clínica privada Cristina, que llegó y les dijo a los estudiantes que estaba bien que los mataran y que los incineraran. Él se presentó a revisar sus pertenencias, se negó a brindar auxilio, no ayudó ni a llevar al herido al taxi. ¿Qué nos dice eso de la sociedad?
JG: Nos muestra el peligro intenso de dejarnos caer en el discurso oficial que normaliza la violencia. Para ese doctor un acto de romper una ventana, de desangrarse en el piso de su clínica o de agarrar un camión le representa una criminalidad que merece mutilaciones, matanzas, desaparición forzada.
Para él es más normal pensar en una desaparición forzada masiva de jóvenes que en una ventana rota. Eso te habla de una enfermedad social peligrosísima. Yo sí creo que hay un contenido de clasismo y racismo allí: él es un médico de la clase media alta que está hablando de jóvenes de las comunidades más marginadas del país, para quienes la única manera de hacerse escuchar es bloqueando una carretera, la única forma de realizar sus prácticas universitarias es secuestrando un camión porque la escuela no tiene y ellos tampoco tienen presupuesto para trasladarse en camiones de empresas privadas.
Esa escena, para mí, muestra una de las caras profundas de la masacre: ese ser humano y además médico, en su oficina tiene un cuadro de Rembrandt del regreso del hijo pródigo. Imagínate: la imagen del concepto católico del perdón, y él hablando de “sí, masácrenlos”.


AR: ¿Qué nos dice de la cara opuesta, de la solidaridad, por ejemplo, de personas que les permitieron pasar la noche en su casa a algunos estudiantes, en sus patios, en sus techos, hasta esta trabajadora social del Semefo que les dijo que tuvieran ánimo y fuerza para denunciar? Esto en el marco de que había policías y militares que no hicieron mayor esfuerzo para ayudarlos.
JG: Estos destellos de luz son tan importantes para que tampoco caigamos en la desesperación. Es ver que en los momentos más crudos, más peligrosos salieron personas de sus casas a ayudarlos, aunque otras personas no. Una enfermera militar le salvó la vida por segunda vez al joven que recibió el balazo en el brazo porque regresaron por él, y ella mintió y les dijo “sus compañeros ya lo sacaron de aquí, ya no está”. Y fue ella quien le dio atención médica.
Entonces hay momentos que sí son muy importantes para también recordar que en estos contextos tan terribles, en esos momentos de tanto terror, todavía alguien se puede parar frente a esa maquinaria del terror y ser solidario, ser buena persona y ser, simplemente de corazón abierto.


AR: Aquella noche se observó que los cuerpos de seguridad, en el mejor de los casos, no hicieron nada; hubo federales, municipales, estatales, soldados (cuya actuación indolente parece que ya fue ganancia). Pero desde la madrugada del 27 de septiembre llegaron los ministeriales, que son los que empezaron a ayudar a los estudiantes, a recogerlos, e incluso a detener a algunos municipales. ¿Cómo se explica esto?
JG: Sí hay testimonios de la participación de la Policía estatal en dos diferentes escenarios: sobre el Periférico, cuando los 14 estudiantes iban buscando juntarse con sus compañeros sobre la calle Álvarez, los encapsularon varias patrullas (entre 8 y 9) de municipales, estatal y protección civil, y en otro momento el sobreviviente del balazo comentó que él vio policías federales y estatales en la escena del Estrella de Oro.
Pero ahora sabemos, por el segundo informe del GIEI, que la Policía Ministerial tenía la orden de resguardar sus instalaciones. Entonces parece que quien menos participó a nivel masivo fue la Ministerial. Entonces a ellos los podían sacar a hacer este trabajo de recoger a los estudiantes a la luz del día, ya con la prensa presente, y llevarlos al Palacio de Justicia.
¿Qué interpretación darle? Allí está la descripción de los hechos: al parecer la Ministerial fue la que menos participó, y fue la que sacó a los estudiantes.
Obviamente a la Policía de Iguala no la podían llamar a ayudar a los chavos después de que los habían estado masacrando y desapareciendo toda la noche. Entonces los ministeriales eran la única fuerza pública que podían mandar con esa tarea.


AR: Ha habido informes del GIEI, de la CNDH, de la PGR, del Grupo Argentino de Forenses, hay mucho trabajo periodístico sobre lo ocurrido aquella noche. Sin embargo el asunto parece cada vez más embrollado. ¿En qué estado del conocimiento de la verdad de aquellos hechos nos encontramos?
JG: Tenemos mucha información sobre lo que sucedió entre las 21:00 y las 00:30 en las calles de Iguala. Donde hay un sesgo, una ausencia brutal de información, es qué sucedió con los 43 de las 11 de la noche en adelante, cuando los policías se los llevaron en las patrullas de dos diferentes lugares. También tenemos ubicado a Julio César Mondragón corriendo de esta segunda balacera sobre la calle Álvarez, tenemos algunos testimonios de estudiantes escondidos en terrenos baldíos que escucharon gritos de terror y pidiendo ayuda, y después no sabemos qué sucedió con él hasta que fue encontrado su cadáver ya mutilado en tempranas horas de la mañana.
Allí es donde urge seguir con la investigación para conocer la verdad. Tristemente, creo que la estrategia oficial ha sido encubrir y enlodar. Esa confusión que dices yo no creo que sea un accidente sino hecha a propósito, en muchos lugares a través de supuestos periodistas y columnistas que publican con una facilidad tremenda mentira y media sin ningún respaldo, ninguna fuente ni ninguna investigación para decir “fulano es narco, sutano está involucrado con tal grupo del crimen”, o simplemente descalificar al GIEI diciendo que no hizo nada.
Pero quienes no están haciendo nada son esos columnistas, en cuyos textos nunca vas a ver un análisis concreto, un debate sobre hechos. Cuando dice “aquí, en el puente del Chipotle, hay testimonios de la Policía Federal, de estas patrullas”, de eso no discuten. Simplemente quieren tirar lodo y sembrar confusión y mentir como expertos que son.
Eso no quiere decir que no podamos o no tengamos que seguir como periodistas, como sociedad, como humanidad, trabajando para alcanzar la verdad.


AR: Recupera el testimonio de Emiliano Navarrete (es un seudónimo), padre de un estudiante, que hace una pregunta sobre aquella sevicia gigantesca: “¿Por qué existe tanta maldad en el ser humano adulto?”. ¿Qué le respondería?
JG: Esa es la manera en que él lo plantea y me parece que es una pregunta profunda, filosófica, espiritual. No tengo una respuesta definitiva de por qué existe tanta maldad, la que me asombra.
Donde yo intento enfocarme es en qué podemos hacer para, concretamente, combatir esa maldad, ya no en términos filosóficos sino en términos concretos inmediatos. En este caso es: ¿quién hizo qué esa noche?, ¿cuál es la cadena de mando?, ¿quién coordinó ese operativo esa noche?, ¿quiénes han sido los oficiales, los asalariados público del horror que se han encargado de fabricar escenas del crimen falsas y encubrir los hechos de maldad de aquella noche?
¿Cómo te explicas que por 400 años el hombre blanco mantuvo una industria trasatlántica de esclavitud? ¿Te puedes imaginar semejante horror? Sin embargo este horror forma la base de la economía que hoy se conoce como capitalismo, de la construcción de riquezas que hoy siguen en pie.
Pero con lo que nos queremos quedar es con las luchas de los seres humanos que en ningún momento de esos 400 años aceptaron eso como algo bueno o algo normal, que combatieron esa maldad. Hoy en día combatir la maldad que se manifiesta como una supuesta guerra contra el narcotráfico, con la facilidad de decir “en algo andaban”, “era una pelea entre ellos”, “está muchacha salía tarde en la noche vestida así”. Todos esos discursos de la misma muerte que justifica la maldad, eso es lo que hay que combatir. Esa normalización, ese acostumbrarnos al horror y a las estructuras reales, en muchos casos públicas, que realizan y protegen el horror y la maldad.
Este es un esfuerzo para ser, como dice un amigo colombiano, Manuel Rozental, “una puntada en el tejido” de combatir el olvido, de escuchar directamente a los que son los más afectados y de hacer un libro que logra transmitir algo de esa rabia, de esa tristeza y también del espíritu de lucha de los estudiantes, de los padres y las madres que no aceptan el silencio y el olvido, y que van a seguir exigiendo presentación con vida, verdad y justicia.


*Entrevista publicada en Replicante, 11 de octubre de 2016.

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