domingo, enero 07, 2018

La violencia criminal, lógica neoliberal. Entrevista con Sayak Valencia



La violencia criminal, lógica neoliberal

Entrevista con Sayak Valencia*

Ariel Ruiz Mondragón

La violencia exacerbada que trajo aparejado el florecimiento de las actividades criminales —especial, aunque no únicamente, el narcotráfico— y la persecución que de ellas hacen los agentes estatales han sido motivo de gran preocupación por las decenas de miles de muertos y la zozobra social que han provocado.

Debido a lo anterior son importantes las reflexiones acerca de los factores que han originado esa situación en el país. Una de ellas es la propuesta que hace Sayak Valencia en su libro Capitalismo gore (México, Paidós, 2016), término que, como ella misma explica en el volumen, se refiere “al derramamiento de sangre explícito e injustificado (como el precio que paga el Tercer Mundo que se aferra a seguir las lógicas del capitalismo cada vez más exigentes), al altísimo porcentaje de vísceras y desmembramientos frecuentemente mezclados con el crimen organizado, el género y los usos predatorios de los cuerpos, todo esto por medio de la violencia más explícita como herramienta de necroempoderamiento”.

Acerca de ese trabajo conversamos con Valencia (Tijuana, 1980), quien es doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Profesora-investigadora de El Colegio de la Frontera Norte, es miembro del Sistema Nacional de Investigadores nivel 1.

 

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué hoy escribir un libro sobre un fenómeno más o menos reciente pero muy presente, como es el que usted llama “capitalismo gore”, que, dice, ha estado invisibilizado pese a que se ha infiltrado en nuestra vida y que ya es nuestra realidad?

Sayak Valencia (SV): Porque la perspectiva es muy distinta a la que se ha manejado en otros momentos. No es un libro que repita las fórmulas de análisis más convencionales donde todo se vincula, como que el problema de la violencia y el narcotráfico tienen que ver solamente con cuestiones económicas y casi moralizantes sobre el papel de los criminales en México. Este libro tiene una perspectiva que necesitábamos, que es la del análisis cultural sobre el problema de la violencia en México, vinculado con el capitalismo y la férrea demanda de las poblaciones, e incluso de los Estados, para que progresemos, nos desarrollemos y que implantemos el neoliberalismo a cualquier precio en nuestros países.

Por un lado queríamos este sueño de progreso y primermundización, pero estas lógicas, encabezadas por el exitismo neoliberal, también se vinculan con el problema del narcotráfico: una de las demandas más importantes del nuevo capitalismo posfordista y neoliberal que se implanta en Estados Unidos con Ronald Reagan y en Inglaterra con Margaret Thatcher en los años ochenta, es que sí vamos a progresar, a tener todo, muchísimo dinero y todos seremos yuppies. Todo el mundo va a poder consumir en este sueño en el que vivimos (aunque hablo de los años ochenta porque quiero poner un referente más o menos inmediato); sin embargo, no nos dicen que para poder lograrlo hay que desestabilizar y deshacer el Estado de bienestar, con los sistemas de salud pública y de educación, que hay que flexibilizar el trabajo, subcontratar y desposeer a todas las poblaciones de sus territorios. Todas estas cuestiones son el lado B del proyecto neoliberal global, y están en muchas poblaciones y en nuestro país también.

De repente se considera que el problema del narcotráfico es solamente un problema de personas malas que se ponen a vender drogas, que es una cuestión casi voluntarista y que no tiene que ver con las dinámicas económicas de explotación excesiva de las poblaciones, de desplazamiento y también de crear un ideal aspiracional hiperconsumista en poblaciones que no tenemos la capacidad de consumir de esa manera: queremos tener un Corvette, un Mercedes Benz, casa en Miami o una casa blanca en México.

Pero no todo el mundo tiene el acceso a los recursos sino sólo una minoría muy influyente a nivel político, y todo este ideario de consumo, de glamur, de blanqueamiento de la atención social. Pero esto está muy instaurado y nadie lo cuestiona, sino solamente se cuestiona el hecho de que hay malos que venden droga.

Yo quiero que observemos que la relación entre el narcotráfico y la violencia en México también tiene que ver con esta idea aspiracional de ascenso social desenfrenada, y que, por supuesto, para cumplir este sueño de progreso y globalización nos estamos llevando entre los pies a mucha población.

El narcotráfico y el crimen organizado obedecen de una manera muy férrea, literal, a las lógicas del neoliberalismo, como los emprendurismos y las cuestiones exitistas que nos ponen todos los días en los libros de autoayuda y que dicen que puedes ser poderoso y fuerte. Pero lo hacen de una manera distópica, desde un lugar en el cual la violencia se vuelve la herramienta, la mercancía, el lugar de trabajo y de autoafirmación, de comunidad, giro social y de cultura para ciertas poblaciones. Por supuesto, nos resultan espeluznantes porque los resultados son catastróficos en nuestro país, pero no están desvinculados de las otras lógicas.

También quiero hacer esta revisión donde un Estado se echa las manos a la cabeza por un problema desenfrenado de violencia que también se ha alimentado mediante lógicas en las que la masculinidad más desafiante, más violenta y más sangrienta es el modelo cultural de los hombres en México. No digo que todos los hombres sean así, la mayoría no lo son, pero sí es el modelo cultural: el despliegue de violencia del macho mexicano para reafirmarse virilmente, aunado a una cuestión de atención social, de precarización del campo y de los territorios en general, y también con una demanda de que los varones sean proveedores en esta sociedad porque un macho es aquel que se respeta porque mantiene a su familia.

Entonces son cuestiones que resultan muy cotidianas, que incluso pueden parecer banales, pero que son configuraciones culturales muy enraizadas en la identidad nacional, que hacen un caldo de cultivo que nos explota en la cara y que, desafortunadamente, vemos todos los días en los televisores y en las calles: cuerpos muertos, destazados, mucha violencia, mucha sangre, mucho miedo de la población.

Esto tiene que ver también con un trazado que es muy complejo, y que no solamente es un problema económico y moral sino que también es cultural, basado en el género y en las relaciones.

Esta propuesta no tiene un ánimo aleccionador, no es para decir lo que está bien y lo que está mal, sino que es un análisis cultural sobre este fenómeno. Yo soy cientista social y me dedico a investigar estos temas, y creo que también es responsabilidad de las academias transmitir este conocimiento que hacemos, dialogar con la gente y escuchar lo que tiene que decir. Lo hago desde una perspectiva transfeminista, lo cual quiere decir que llevo los supuestos del feminismo por la igualdad y por el respeto no solo hacia las mujeres sino a todas las poblaciones que devienen minoritarias, como las racializadas, indígenas, precarizadas y los varones sin trabajo, por ejemplo, personas que son, en verdad, quienes construyen este país, y con quienes estamos tratando de que vuelva a ser un país digno de ser vivido.

 

AR: Usted encuentra un nuevo sujeto, central en el libro: el endriago, que saca de un monstruo de Amadís de Gaula, en el cual se mezclan, como usted dice, el emprendedor económico, el emprendedor político y, sobre todo, el especialista en la violencia. ¿Cómo se conjuntan estos tres elementos?

SV: No es porque yo considere que estos sujetos son monstruos per se sino que tienen que ver con una narrativa muy resistente, con una perspectiva casi colonialista sobre el otro, que es diferente, que desobedece, que se porta mal, que rompe las lógicas. Es el otro, el que durante la Colonia era el monstruo. Me refiero a nosotros, las personas mestizas, racializadas frente a un modelo hegemónico europeizante y de blanquitud. ¿Cómo vincular estas cuestiones? Pues porque seguimos en este colonialismo permanente que coarta nuestros cuerpos, nuestras luchas, nuestra fuerza de trabajo, y nos mete estas ideas de ser, por supuesto, racializados.

Pero hay unos deberes que cumplir, y el emprendedor económico, el político y el especialista en violencia se cristalizan en un sujeto que podríamos conocer, en este caso, como los sujetos del crimen organizado y también del desorganizado (porque existen también variables de las que hablo en el libro), que se creen todas estas lógicas exitistas, de masculinidad hegemónica y de tecnificación de la violencia.

Pero ¿qué pasa cuando este discurso del emprendurismo, de que hay que ser exitoso, rico y poderoso, se confunde con las lógicas del político, de que hay que gobernar a las poblaciones, y la del especialista en violencia? Pues hay una bomba molotov, como lo que nos está pasando en este momento en México.

Los Zetas son un ejemplo muy exacto de lo que podría ser un sujeto endriago, que capitaliza o que rentabiliza estas tres funciones y que hace del miedo un mercado.

Entonces el endriago resultaría como la cristalización de estas lógicas coloniales que nos siguen persiguiendo, pero también de la aceptación acrítica por parte de cierta población (regularmente masculina, aunque no digo que toda la población del crimen organizado lo sea) que considera que su modelo de autoafirmación no sólo económico sino existencial está vinculado con esta cristalización, con esta personificación del monstruo en su propia carne para poder lograr alcanzar estas demandas económicas y esta legitimidad social dentro de los círculos que a ellos les interesan, que no son los círculos sociales en general sino los del poder político, económico e intimidatorio.

 

AR: Otro capítulo que me parece muy interesante es que el capitalismo gore ha trastornado el mundo tanto del trabajo como de las clases sociales, e incluso se habla de una nueva clase criminal, de la extinción de las clases medias, del campesinado. ¿Cómo se han transformado las clases sociales y el trabajo en el capitalismo gore?

SV: Es una cuestión que me parece muy importante. De alguna forma esta lógica exitista se implanta en nuestras cabezas todos los días mediante desde el comercial bienintencionado de una organización de líderes emprendedores, hasta la lógica del consumo cultural de las series televisivas, las telenovelas, la música y las tiendas departamentales. Todas estas cuestiones tienen que ver con la idea de que consumir es ser (te afirmas a través del consumo) y cómo esto tiene una repercusión en la degradación de la aceptación de que uno pertenece a cierta clase social.

No hablamos de clase social porque mucha gente piensa que es una cuestión de la que no deberíamos hablar; sin embargo, por supuesto que siguen existiendo las clases sociales, y la pobre cada vez está más empobrecida, más precarizada y peor vista socialmente. Mucha de la población en México pertenece a esta clase social que gana un salario mínimo con el que es imposible vivir. Entonces hay una negación de la clase porque es una vergüenza ser pobre, como si la responsabilidad de esto fuera solamente del individuo y no de las lógicas predatorias que desregulan el trabajo, que hacen reformas laborales por las que se paga a siete pesos la hora. Esto se relaciona con una desproporción entre los ingresos que necesitamos para sobrevivir en este país, y los deseos de poder pertenecer socialmente a la lógica fascinante y maravillosa del consumo. Lo que está muy implantado en las poblaciones es que parece que a través del consumo podemos exorcizar la pertenencia a cierta clase.

Existe una esquizofrenia entre una población cada vez más empobrecida y una población con cada vez más ganas de consumir. ¿Cuáles son las opciones? Negar que existen clases sociales, para no decir que somos pobres y que la pobreza no es una responsabilidad individual sino que es una de las consecuencias de una mala gestión estructural de la economía en esta nación. No es que uno sea pobre porque no trabaja: uno es pobre porque aunque trabaje 25 horas al día va a seguir ganando siete pesos por hora.

La cuestión es que se nos ha responsabilizado y culpabilizado por ser pobres, cuando en realidad esa condición es una consecuencia de la estructura y de la mala gestión económica en este país. No hay un diseño económico que pueda sostener a las poblaciones porque tendría que haber una distribución mucho más equitativa, y eso perjudicaría a las clases más pudientes de este país.

Entonces hay una desestructuración de las clases: la gente pobre no quiere vincularse con la pobreza, pero también hay una invisibilización de las estrategias de la gente empobrecida para sobrevivir, de las solidaridades y de las comunidades que se pueden gestar a través de la supervivencia económica en una población empobrecida. Mucha gente quiere salir de esa condición y no hay que ser un genio para saber por qué: no hay belleza en la pobreza y no es fácil ser pobre, es una cuestión de vida o muerte. En este país muere mucha gente porque está empobrecida y muere de hambre.

Hay una dimensión cultural del desclasamiento, y luego está la dimensión económica, así como la cuestión de querer exorcizar la figura de la pobreza mediante un capital económico para ascender social y culturalmente. Esto es lo que representa la nueva clase criminal. Es muy significativo, por ejemplo, que en la última encuesta del INEGI sobre ingreso y consumo ya no se estaba preguntando de dónde se obtenía el dinero sino cuánto gastaba una familia. Esto está invisibilizando una serie de cuestiones en un país en el que la desregulación laboral es cada vez más creciente y el crimen organizado se vuelve un nicho de producción muy importante que sostiene a muchas familias en este país. Entonces volvemos opacas estas vías y aceptamos estos recursos para subsanar cosas que no deberían ser resueltas por estas organizaciones ilegales sino por las instituciones gubernamentales destinadas para ello. Entonces desresponsabilizamos, con ese desplazamiento, al gobierno de su verdadera función y de sus prerrogativas.

Hay casi un escarnio social cuando la gente es pobre, por lo que muchas personas van a querer unirse al único lugar en el que les van a dar trabajo, que son las empresas criminales, que no sólo las van a explotar sino que al final las van a hacer pagar con su vida. Pero es una inversión volátil, casi como la de la Bolsa o de las finanzas, pero a un nivel mucho más triste y más desconcertante porque estamos hablando de vidas humanas.

 

AR: Hay una relación que usted establece entre lo que es la violencia, la delincuencia y el capitalismo, para lo cual se remonta hasta el siglo XVIII. ¿Cómo se combinan en el capitalismo gore la violencia con la economía? La delincuencia y la violencia parecen ser muy funcionales para el capitalismo con esta mezcla tan rara, muy difusa, entre la economía legal y la ilegal.

SV: La violencia en el capitalismo gore es casi el elemento fundamental para que funcione. No es solamente el ejercicio de violentar o dañar a otro, sino que en sí mismo va a abrir varios nichos de mercado: va a ser rentable para el capitalismo regional y también trasnacional a muchos niveles. El dinero que tienen los grandes señores de la droga en este país no es invertido en México, sino que, por supuesto, está en otros países donde pasa por legal (la lavandería del mundo está en Suiza, por ejemplo). Pero la cuestión es cómo se rentabiliza la violencia en estos lugares: por un lado ejercer violencia intimidatoria hace que, por supuesto, las poblaciones acepten, con argumentos de seguridad, la limitación de sus derechos. A las personas se les dice que por su seguridad las filman, graban sus conversaciones, que no se les va a dar cierto servicio y que se les va a pagar menos. Bajo el argumento de la seguridad se quitan muchos derechos y se expropian muchas causas laborales, sociales, políticas y económicas que ya teníamos ganadas.

Hay un avasallamiento constante del cuerpo de las poblaciones por una exposición de la violencia, como un asesinato, no sólo en los medios sino también a nivel tangible en la realidad social donde uno vive. Cuando uno se encuentra con un muerto, cuando ve que efectivamente el problema de la violencia no es solo que exista sino que puede caer sobre cualquiera de nosotros, pues por supuesto que tiene un efecto de adoctrinamiento y atemorización de la población. El miedo es muy efectivo, por lo que la violencia es la acción que desemboca en otra consecuencia indirecta que es la securitización. Esta es una estrategia muy rentable: afirmar que algo puede pasarnos, y entonces la gente atemorizada va a ceder sus derechos, sus propiedades, sus espacios, sus territorios, y va a hacer cualquier cosa para no ser víctima de la violencia.

No es solamente la violencia como la entendemos, como secuestro, tráfico de órganos, trata de personas, la desaparición de personas, etcétera, que son muy tangibles. Estas cuestiones no tienen que ver solamente con la delincuencia organizada porque también hay falsos criminales que hacen uso de estas herramientas de la violencia que ya consideramos propias de estas organizaciones, y que son como piratas del crimen organizado que llevan a cabo diversos delitos como rentabilización de la violencia intimidatoria.

A lo que me refiero es a que el crimen organizado es un nodo del cual podemos hacer análisis en muchos sentidos, pero tenemos que verlo en sus conexiones con la economía financiera y legal porque no están separados. La violencia es una de las prerrogativas del capitalismo, ya que abona y brinda plusvalor al capitalismo gore, y no sólo a éste.

 

AR: Los años de crecimiento del neoliberalismo, del aumento de la violencia y de la delincuencia coincidieron con la democratización del país. Usted anota que en México el narcotráfico y la criminalidad desempeñan un rol que beneficia al Estado e incluso habla de una narconación y de necropolítica. ¿Cuál ha sido su papel de ésta en la democratización del país?

SV: El problema no es la democratización sino que pensamos que tiene que ver con el sentido económico de distintas reformas laborales. Tenemos varios problemas: creo que democratizar un estado o un país es favorable, pero cuando se utilizan las figuras de democracia y de derechos humanos, su ampliación y ensanchamiento sociojurídico para implementar lógicas de desposesión y de acumulación por despojo, entonces estamos hablando de otra cosa. La cuestión es que no se llevó a cabo un proceso de democratización; se le utilizó para meter caballos de Troya que significan otras cuestiones e introdujeran en el imaginario que estábamos siendo más democráticos, que ampliábamos derechos, que estábamos en la lógica del avance del progreso.

Sin embargo el problema no es la democracia sino que lo es de pantalla. Es la inserción de las lógicas neoliberales que se apropian y fagocitan el discurso de lo democrático para implantar lógicas antidemocráticas, predatorias y de desposesión en las que nos encontramos.

 

AR: En esta cultura del hiperconsumismo los medios de comunicación, como se señala en el libro, tienen un sitio muy importante en la espectacularización del derramamiento de sangre. Usted llega a llamarlos “cómplices del crimen organizado”, engranajes para la propagación y popularización del capitalismo gore, lavadores de noticias. ¿Cuál ha sido su papel en el beneficio que se obtiene de la violencia?

SV: Debemos tener cuidado: no generalizo porque tengo un respeto profundo por los periodistas que están arriesgándose en pos de la noticia, pero sí hablo de ciertos medios cooptados por los Estados necropolíticos, que difaman, que espectacularizan la violencia y que buscan el titular más sangriento, más truculento, más morboso para tener grandes audiencias. No digo que todos los medios hagan este trabajo porque hay algunos que se preocupan mucho por sus noticias, que intentan acompañar a la población y darle información que de verdad es necesario que conozcamos. Pero sí hay medios que espectacularizan estas lógicas, que “lavan” las noticias porque las vacían de contenido y sólo muestran el cuerpo muerto y ponen etiquetas que ya están demasiado manidas.

Pienso, por ejemplo, cuando en el norte de México hay una persona acribillada y muerta, lo primero que el medio dice es “seguramente tenía nexos con el narcotráfico”. Puede ser que esa persona no haya tenido jamás una vinculación con éste y que realmente le hayan asesinado por otro motivo, pero está tan instaurada la mentalidad que difunden los medios que se cree que la víctima fue parte del crimen organizado.

Esa sí es una conciencia que se ha implantado mediante una repetición constante, por parte de los medios, de las imágenes violentas y de las lógicas del exterminio del crimen organizado. Así, parece que hay una homogenización de todos los casos, lo que no nos ayuda a comprender el fenómeno, lo cual también invisibiliza muchos asesinatos de víctimas de otros tipos de violencia, como la feminicida, económica y la desposesión de territorios de muchos lugares de México.

Entonces hay muchas formas de violencia que estamos descuidando porque el 90 por ciento de las noticias tienen que ver con crimen organizado, y no siempre es así.

 

AR: Al final del libro usted relata su experiencia en una vía rápida de Tijuana: iba usted con su hermana cuando de un vehículo cayó el pedazo de un hombre. Usted llega a decir que se siente responsable de su desmembramiento. En el capitalismo gore, ¿cuál es la responsabilidad de los ciudadanos en esta situación?, ¿cómo pueden ayudar a revertirla?

SV: La responsabilidad social que todos tenemos tiene que ver, primero (y va a sonar un poco contradictorio) con, justamente, no tener una perspectiva crítica sobre lo que está pasando en nuestro país y pensar que todo tiene que ver sólo con el crimen organizado.

Nuestra responsabilidad también no implicarnos activamente en las cuestiones de nuestras comunidades; por ejemplo, pensar en el argumento manídisimo de que los delincuentes “se matan entre ellos”, pero llega el día que nos toca a nosotros y decimos “no éramos parte de eso, y de repente nos convertimos en víctimas colaterales de un conflicto”. Eso no es así: nosotros vivimos en la misma sociedad que esas personas y participamos de esas lógicas de avasallamiento cuando dejamos que la gasolina y los impuestos sean cada vez más altos, cuando despreciamos a la gente, cuando somos racistas, homófobos, clasistas, cuando pensamos que porque nosotros estamos bien todo el mundo va a estarlo, por ejemplo.

Esa lógica de individualismo neoliberal nos ha llevado a que el tejido social esté descompuesto porque no estamos articulándonos en una fuerza crítica para hacer que el Estado cumpla sus potestades. Mientras nosotros pensemos que porque tenemos un trabajo fijo, que atendemos un negocio o que no nos morimos de hambre no nos debe importar la gente, caeremos en una lógica que contribuye a esa violencia.

Yo me sentí responsable de lo que mencionas porque yo vivo en esa ciudad, y nunca había visto un cuerpo descuartizado. Sabía que existían, pero no había pensado cuál era su implicación, y me sentí responsable porque era un joven y tiene que ver con el problema del juvenicidio en México. Se trata de poblaciones jóvenes y desprotegidas que no tienen un trabajo, que no tienen un horizonte y que además están criminalizadas porque parece que no hacen nada (los mentados ninis). Entonces se unen a estas filas de la delincuencia como una forma de salvar las cuestiones de clase, de la vergüenza de no tener un trabajo, de no poder participar socialmente.

Nuestra responsabilidad tiene que ver también con educarnos y educar a la gente que está a nuestro cargo, con la que vivimos, para no reproducir las violencias sexistas, machistas, homofóbicas y racistas, y para poder reconfigurar el tejido social y ser una colectividad crítica.

También hay que visibilizar diversas luchas, como las que hay por los territorios, de los padres de los normalistas desaparecidos, de las madres de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, de las mujeres que hacen campañas antiacoso en la Ciudad de México, las personas de la comunidad LGBTTTI que salen a luchar por sus derechos para ser verdaderamente ciudadanos, frente a las marchas a favor de la familia natural.

Tenemos que plantearnos ese tipo de cuestiones para que no nos coma la violencia y el tejido social vuelva a restructurarse con una lógica que no repita la del capitalismo gore.

 


*Entrevista publicada en El Búho, núm. 194, año 18, junio de 2017.

lunes, diciembre 18, 2017

Rascarle la panza al tigre: la casa blanca. Entrevista con Daniel Lizárraga, Rafael Cabrera y Sebastián Barragán



Rascarle la panza al tigre: la casa blanca

Entrevista con Daniel Lizárraga, Rafael Cabrera y Sebastián Barragán*

Ariel Ruiz Mondragón

El domingo 9 de noviembre de 2014, en Aristegui Noticias y otros medios de comunicación, fue publicado un reportaje titulado “La casa blanca de Enrique Peña Nieto”, en el que se dio a conocer que Grupo Higa —consorcio que había ganado contratos para realizar diversas obras públicas durante el periodo en que ese político fue gobernador del Estado de México y que tenía otros con el gobierno federal— “construyó una residencia en Lomas de Chapultepec a gusto del presidente Peña Nieto y su esposa, y en la que planean vivir cuando concluya su sexenio, como confesó Angélica Rivera a la revista ¡Hola!”, según informó aquel trabajo periodístico.

Ese reportaje condujo a una investigación por parte de la Secretaría de la Función Pública (que determinó que no hubo conflicto de interés), a que Rivera cancelara el contrato de compraventa del inmueble y a que el Presidente de la República pidiera perdón y aceptara que cometió una equivocación, a lo que añadió: “No obstante que me conduje conforme a ley, este error afectó a mi familia, lastimó la investidura presidencial y dañó la confianza en el gobierno”.

Unos meses después de aquella publicación se generó un conflicto entre MVS y Carmen Aristegui, que culminó con la salida de ella y buena parte de su equipo de la emisión de radio que conducía.

Quienes realizaron aquella investigación periodística fueron Daniel Lizárraga, Rafael Cabrera, Sebastián Barragán e Irving Huerta, quienes eran parte de la Unidad de Investigaciones Especiales de Noticias MVS, y quienes también salieron de esta empresa. Con los tres primeros sostuvimos una conversación a propósito de la aparición de su libro La casa blanca de Peña Nieto (Grijalbo, 2015), en el que, además de presentar aquel reportaje, hacen un relato de la forma en que se desarrolló su investigación, su publicación y sus consecuencias.

Con su reportaje los periodistas han obtenido varios premios: el Latinoamericano de Periodismo de Investigación 2015, en la Conferencia Latinoamericana de Periodismo de Investigación; el Nacional de Periodismo y el Gabriel García Márquez.

 

Ariel Ruiz (AR): Tras la publicación hace más de un año de su reportaje, ¿por qué sacarlo en libro? Por supuesto, tiene agregados como el prólogo, la historia de su elaboración, sus consecuencias y el añadido del caso de Luis Videgaray.

Daniel Lizárraga (DL): Había que sacarlo por razones profesionales y personales, porque queremos difundir de mejor manera lo que teníamos. El formato web que usamos para el reportaje no te permite poner toda la información que hubiéramos querido, y el libro te da más libertad, por cuestiones de espacio, para desplegar de mejor manera una historia. Entonces había que contar el reportaje como una gran historia, que fue lo que hicimos.

Además, originalmente se quedaron muchas cosas afuera que nos hubiera gustado tocar y que tampoco nos dio tiempo de hacerlas porque salimos de la radio, y aunque hubiéramos seguido éste es un formato diferente. Ese me parece un punto donde se concentran lo personal y lo profesional, porque además la web y el radio comparten que son un poco efímeros, y el libro es otra cosa.

También creíamos que por la importancia del tema habría que dejar constancia de lo que sucedió y de los hechos que nosotros logramos sacar a la luz pública.

Rafael Cabrera (RC): También al final del libro se menciona que hay un blog disponible donde la gente puede consultar toda la documentación que respalda nuestra investigación, no es que nos crean de manera ciega. Es algo que ya hicimos con el reportaje original.

Salvador Barragán (SB): Es casablancadepeñanieto.worldpress.com. Se puede ver independientemente del libro, pero la persona que lea el blog y que lea el libro se va a llevar una visión completa de toda la historia.

Es un libro que hicimos con mucho tiempo, que creemos que es sólido, igual que la primera investigación. Invitamos a que la gente lo lea, lo discuta, que por redes sociales nos comparta sus puntos de vista. Esto, como todo, es una discusión, y seguimos abiertos al diálogo sobre la casa blanca.

 

AR: Como se cuenta en el libro, el comienzo del reportaje fue cuando Rafael Cabrera acudió a un supermercado, vio la revista ¡Hola! con las fotos de la casa de Angélica Rivera y una entrevista con ella. ¿Qué le muestra a este país esa ostentación?

RC: Yo creo que el libro tiene muchas lecturas, pero es sobre la vanidad del poder. Enrique Peña Nieto y Angélica Rivera aparecían en todas las revistas del corazón, desde su noviazgo hasta su boda, y ellos usaron estas portadas como un instrumento de comunicación política. Creo que utilizar esos mismos elementos que ellos usaban para su beneficio, y de algún modo revertirlos y cuestionarlos fue, finalmente, jugar con las mismas reglas que ellos pusieron.

Salieron en TV Notas, fueran a Hoy, podemos ver muchas cosas en internet y asuntos así, pero en vez de criticarlos, de decirles frívolos, incultos y lo que sea, creo que finalmente los periodistas tenemos que jugar con esas mismas reglas para comprender y dar a conocer lo que hay detrás de eso.

Entonces sí es una ostentación de la frivolidad, de algún modo, pero creo que el libro demuestra que en lo frívolo también hay profundidad.

DL: Creo que gran parte de las repercusiones tan fuertes que tuvo el reportaje fueron porque entró por la misma vía que habían usado los estrategas de mercadotecnia del gobierno para posicionar a la pareja. Uno de sus instrumentos mercadológicos para posicionarlos con miras a la elección presidencial fue hacerlos la pareja sensación del momento en las revistas del corazón. Nos guste o no, fue una estrategia de marketing político. El hecho de que el reportaje de la casa entrara por esa misma puerta parece que fue un gancho que fue muy atractivo para poder contar la historia.

RC: No es una historia frívola; tiene una superficie que lo es, pero cuando juntas farándula, política y corrupción pues creo que la bomba se vuelve bastante atractiva para el lector. Puede ser que el libro tiene una parte rosa, pero retoma este elemento para fortalecer que detrás de esa apariencia frívola e insulsa había un entramado político-empresarial que apuntaba totalmente a la corrupción.

 

AR: ¿Qué nos dice esta historia de la relación entre los gobiernos, los empresarios y los medios?

DL: Nos muestra un problema que se está manifestando en muchas partes de México y en otros lugares del mundo: la crisis en los modelos de negocio del periodismo. Hay empresas que utilizan o que tienen medios de comunicación para obtener prebendas; es el caso de MVS, cuyo verdadero negocio son los restaurantes y ahora va a ser el internet con la banda 2.5.

Me parece que usar los noticieros para obtener este tipo de ganancias desemboca, tarde o temprano, en que la vocación no es necesariamente informar sino que detrás hay un negocio. Nos guste o no, el dueño piensa como empresario, y en este momento lo que está tratando de hacer es salvar el negocio y no necesariamente al periodismo. Allí es donde empiezan a hacer crisis. Es interesante el capítulo 2 del libro porque allí, por un lado, están los problemas para publicar por una abierta censura desde el gobierno federal a través de MVS, y por otro la inquietud de los periodistas de sacar esto a como dé lugar, lo cual finalmente conseguimos.

Es decir, es una historia que empieza con una censura pero que termina saliendo adelante por iniciativa de los propios periodistas. Eso refleja también la inquietud que hay en México de poder sacar las cosas y, como se dice vulgarmente, de no habernos tragado el sapo.

 

AR: ¿Cuáles fueron los principales problemas que tuvieron para hacer este reportaje? En el libro se observan desde cuestiones logísticas como el pago de copias, hasta presiones empresariales e incluso de la Presidencia.

RC: En cuanto al armado, yo creo que no fue tan complicado ir consiguiendo la información. Hubo una parte inicial en la que conseguí la dirección de la casa: la revista Quién había publicado una foto de la fachada, con eso me guié y la encontré, pero eso en realidad no era difícil.

Fue mucho picar piedra, de persistir; la paciencia sí es una cuestión en la que no nos rendimos, afortunadamente, y supimos esperar el tiempo necesario.

En cuanto a documentos, creo que una parte importante que teníamos que resolver es que nos confirmaran que sí estaban resguardando la casa: yo ya había visto al Estado Mayor Presidencial (EMP), teníamos referencias, los mapas, todo. Pero necesitábamos una prueba de ello, y lo que se nos ocurrió fue lanzar una pregunta vía Infomex: ¿nos pueden decir por qué están allí? Básicamente fue una afirmación. En la respuesta nos dijeron: “Estamos allí porque es la casa del Presidente y la tenemos que vigilar”. Con esa respuesta del EMP es cuando ya los tenemos: habían picado el anzuelo.

En el armado creo que estuvimos muy coordinados, y fue muy interesante hacer toda la planeación de la narrativa multimedia, que no fuera un textazo, un tabique aburrido, sino que tuviera la dinámica de ver los documentos, el video, que pudieras escuchar los audios. Queríamos darle toda la información al lector en un afán de que, si exigimos transparencia, hay que dársela al lector. Y en un tema tan delicado eso no puede ser un acto de fe: “Porque lo decimos nosotros, créannos”. No, sino que allí estaban todos los documentos para que la gente los pudiera ver, revisar y que llegara a las mismas conclusiones que nosotros. Esa fue una parte muy interesante de explorar esa dinámica del periodismo web. Ya después vino el armado del video, y fue muy afortunado el de YouTube: fue el que tuvo la repercusión más interesante, más que la nota misma, pero por la misma dinámica de ese medio.

Hubo que sortear todo: a MVS, por lo que teníamos que hacerlo a escondidas (lo narramos en el libro), nos íbamos a un estudio de producción, teníamos una clave secreta para el reportaje, no hablábamos nada de eso en las oficinas, etcétera. Era realmente estúpido trabajar así porque se supone que era nuestro lugar de trabajo, pero éramos el enemigo en casa. Era absurdo.

En cuanto al libro, pues fue como reiniciar la historia, como reescribir sobre el reportaje tal cual; sí fue como desarmarlo todo y empezar de nuevo. Si ustedes lo ven, es lo mismo en esencia, pero sí tiene otro armado, tiene más elementos, datos inéditos, y todo lo demás que se tuvo que escribir.

DL: Es que hay decisiones que incluso pasan por lo personal, por lo ético, lo profesional; cuando estamos en la disyuntiva de sacarlo o no sacarlo, en determinado momento dijimos que íbamos a buscar la forma de publicarlo, independientemente de la censura de la empresa. Pero también nos pesaba en algún momento en el ánimo pues no solamente éramos nosotros sino que había una redacción de 15 o 20 personas, y que si tarde o temprano nos iban a correr (como sucedió), pues aquellos se iba a ir entre las patas sin deberla ni temerla. Si nos iban a correr, nos iban a correr a todos.

Aun así creo que prevaleció el asunto de que estábamos ante un hecho que, más allá de la censura, era un asunto de interés público. Entonces tuvimos que buscar la manera de que saliera y después veríamos qué pasaba. Le dimos prioridad a que esto se supiera de la mejor manera posible.

 

AR: Me llamó la atención también la participación de organismos internacionales, como el Centro Internacional de Periodistas (ICFJ, por su sigla en inglés), así como la observación de experiencias internacionales en investigaciones especiales. ¿Cuáles les ayudaron más para armar este caso?

DL: Pues todas las que pudimos. El asunto es que el periodismo de investigación en México se hace más por esfuerzos personales que por empeños institucionales. Cada uno de nosotros ha tratado, en la medida de lo posible, de aprender lo que podamos, y para eso creo que, en buena medida, hay que poner los ojos en el extranjero.

Entonces primero está el aprendizaje que cada uno de nosotros ha tenido en lo personal, y por otro lado, pues una mano importante (fueron varias) fue el hecho de que Rafael lograra entrar en un taller para desarrollar el plan en el proyecto de Connectas, que a su vez está asociado con el ICFJ, y eso le dio una dimensión diferente porque era un proyecto cobijado por el máximo organismo de periodistas que hay a nivel mundial. Eso le daba mucha fuerza en cuanto a la publicación y en cuanto al coacheo inicial que él tuvo con Daniel Santoro. Eso fue muy importante.

Desde luego en MVS estaban muy pendientes de lo que estaba pasando, aunque no sabían con exactitud qué estaba sucediendo, pero algo intuían.

También seguimos el ejemplo internacional de publicar simultáneamente en varios medios; el hecho de que nunca se hubiera hecho en México no quiere decir que no sucediera en otras partes del mundo. El Presidente, en algún momento, dijo algo así como que hacerlo era como un intento desestabilizador, lo cual me parece que es una visión bastante chata, por lo menos de quienes lo asesoran en materia de comunicación. No le explicaron que estas salidas en bloque son una práctica que tiene ya años y que se viene desarrollando en otras partes del mundo, y que no se había hecho en México. Pero eso no significa que nos hayamos puesto de acuerdo para tirar al Presidente. No es eso.

RC: La verdad creo que desde el inicio fue una historia muy afortunada por el coacheo de Connectas y del ICFJ, por poder llevarlo a la Unidad de Investigaciones del noticiario de Carmen Aristegui, trabajar directamente con Daniel y los compañeros; después se sumó todo el equipo de producción. Entonces yo creo que la grandeza del reportaje está en lo que aportó toda la gente. Todos tuvimos un papel, cada quien dio algo y siempre fue aportar para que creciera y creo que es un esfuerzo colectivo. Hubo muchísima gente detrás que creía en el proyecto, y que puso en riesgo su estabilidad laboral y patrimonial por el periodismo.

Creo que esa parte es muy de agradecerse.

 

AR: En la parte final del libro, donde hablan de Virgilio Andrade, ustedes dicen muy claramente que muestran hechos, no los califican; que no acusan sino documentan. ¿Qué posibilidades abre este tipo de periodismo muy descriptivo? En el medio periodístico mexicano a diario hay muchas declaraciones y acusaciones.

SB: Si algo me ha dejado de aprendizaje este reportaje es que el público está esperando que haya más trabajos de este tipo, porque si de algo está cansado es de las declaraciones y de los dichos que no se comprueban, de las filtraciones que nunca se sabe a quién benefician. Creo que hay un público que lee noticias y que está entrenado para saber qué información es de calidad y cuál no.

En ese sentido creo que los periodistas tienen un gran campo de acción porque hay una necesidad de información, de buscar qué están haciendo los poderosos, los empresarios, y en ese sentido el periodismo sí tiene un campo de acción importante.

RC: Es muy interesante que ahora el término “periodismo de investigación” está más en el habla de la gente. No nos vamos a colgar la medallita, pero creo que este trabajo sí fue como un impulso de decir “por allí tiene que ser”. Está padre que la gente esté más preocupada en la documentación, en la rendición de cuentas, en la transparencia, etcétera. Todo eso creo que es un buen fruto de este trabajo.

DL: Creo que lo que tratamos de hacer, en la medida de nuestras posibilidades, es llevar este tema a los estándares más altos del periodismo internacional porque daba para eso, tomando en cuenta lo que se está marcando a ese nivel a través, fundamentalmente, del ICFJ, de la Fundación García Márquez (de la que yo he sido alumno durante muchos años) y de la Conferencia Latinoamericana de Periodismo de Investigación. En México hay algunos que han abierto brecha y no se les ha reconocido mucho, como Ignacio Rodríguez Reyna, que alguna vez fue director de una revista de Milenio y de El Universal.

Pero insisto: esto ha sido más por esfuerzos personales que nos han enseñado hacia dónde ver, cómo mirar y cómo hacer las cosas mejor.

 

AR: Para divulgar el reportaje hubo dos decisiones importantes: no sacarlo en MVS sino en la página de Aristegui Noticias, y por otra parte, convocar a varios medios a que lo publicaran. ¿Cómo fue la selección de estos medios?

DL: La selección venía por los espacios que, desde nuestra perspectiva, contaban con compatibilidad editorial y con la suficiente libertad también. Obviamente no podíamos ir con algún medio del que nosotros creyéramos que pudiera haber notificado al gobierno; necesitábamos mantener la secrecía sobre la investigación en la medida de nuestras posibilidades. Estamos seguros de que el gobierno sabía que iba a salir el trabajo, pero de lo que estoy también cierto es que no sabían el calado, la profundidad de lo que teníamos, y eso jugó a nuestro favor. Esto lo conservamos hasta el momento mismo en que se publicó.

RC: Es lo que te decía: que fue un reportaje afortunado por estas alianzas, todo el superequipo de medios internacionales que tuvimos y de las que no podíamos pedir más (era lo máximo que podíamos tener) y también los nacionales. También por esa parte fue muy afortunado el texto, porque cuando nos quedamos sin la potencia de la radio era como pedir ayuda para replicar, y logramos romper de ese modo el silencio que se hubiera dado si hubiéramos salido solos. Pero cuando lo empezaron a replicar otros medios nacionales, después llegaron de Estados Unidos y posteriormente de los demás países. Esa parte fue muy afortunada para el destino del reportaje.

 

AR: Daniel: en el libro se recuerda un caso de censura previo sobre ti, en tiempos de El Universal, en la época de Vicente Fox. ¿Qué experiencias has tenido de esto? ¿Esas situaciones han cambiado con el regreso del PRI a la Presidencia? Ha habido un proceso de democratización en el país, sin duda.

DL: Yo creo que es igual cuando tocas una fibra sensible de cualquier gobierno. Es decir, esto le pasa al periodismo de investigación en cualquier régimen. Puedes escucharlo tanto con la gente de izquierda, casos graves como los de Evo Morales y Hugo Chávez, como nos pasa a nosotros. Me parece que es una de las consecuencias que tiene el periodismo de investigación cuando acierta a dar en el blanco a asuntos que molestan y que el poder quiere tener bajo control.

Entonces a veces hay que ser muy conscientes de que si te pones a hacer este tipo de periodismo no importa quién esté en el gobierno, y el día que le toques el cajón prohibido van a responder así. Eso es una experiencia internacional.

Lo segundo es, por la misma experiencia que tú mencionas y que plasmo en el libro, en El Universal yo me quedé muy frustrado en aquella ocasión porque lo que trascendió más hacia la opinión pública fue el golpe de censura y no la información. La gente nos preguntaba “¿qué cosa fue la que te censuraron?”. Lo que prevalecía era la historia de la censura más que la carne de la censura.

Entonces lo que tratamos de hacer tras esa experiencia es buscar la manera en que se supiera lo que no querían que se supiera; es decir, poner por delante la información, y después platicamos de la censura. Así, al principio, si ustedes se fijan, todo lo hicimos por mantener y posicionar el tema, que era el punto. Me parece que, más allá de un asunto de nuestro equipo, de lo que logramos conseguir, era nuestra obligación hacerlo porque era un asunto de alto interés público. Luego entonces, teníamos la responsabilidad profesional de sacarlo.

 

AR: En el volumen se cuentan presiones de la Presidencia, de los Vargas, etcétera. ¿En algún momento se sintieron en un riesgo mayor que el de la censura al hacer este trabajo?

RC: No, yo personalmente no. Sería mentir y frivolizar un tema delicado. Pero no: creo que nadie sufrió amenazas o agresiones, nada de eso. Sí hubo un alto grado de estrés en el equipo porque sabíamos que estábamos en una posición bastante delicada. Cuando salió el reportaje y vimos que todo seguía y que salió bien, que la Presidencia lo tuvo que admitir y todas sus consecuencias, pues nos sentíamos de algún modo seguros. Dijimos “¡ya!”, e incluso había la apreciación de que si llegábamos a diciembre seguiríamos en el programa de radio.

Todo iba bien en realidad: a inicios del año estábamos trabajando, era un gran momento para el programa de radio, y de repente vino este conflicto absurdo que inventó MVS. Allí fue cuando lo supimos: nos la cobraron. Obviamente, si esto era de inmediato a la publicación del reportaje iba a ser muy evidente; se esperaron y buscaron cualquier pretexto, uno totalmente estúpido. Pudo haber sido eso u otra cosa. Pudimos haber durado una semana o algo así, pero en realidad ya estaban sobre nosotros; nada más estaban viendo cuándo.

 

AR: Virgilio Andrade, en sus investigaciones como secretario de la Función Pública, no hizo siquiera mención a su trabajo; llegó a la conclusión de que en el asunto de la casa blanca no se podía hacer nada. ¿Tienen algo de frustración al respecto?, ¿qué efectos tuvo, según ustedes, el reportaje?

SB: Sobre los aspectos legales que no se pueden concretar no sentimos frustración porque no depende de nosotros; lo que dependía de nosotros era entregar un trabajo profesional, bien cimentado y que se compartiera con la sociedad. Ya si el marco legal no da para eso, si las instituciones mexicanas en realidad no están hechas para investigar un posible caso de corrupción o de conflicto de interés de la Presidencia, es otra cosa.

Nosotros intentamos no sentirnos frustrados por eso, y más bien vemos que hay algunos aspectos positivos: se discute sin tecnicismos el tema de la corrupción, hay algunos avances en las leyes y, sobre todo, existe una especie de renacimiento del periodismo que vigila a los políticos.

DL: Si los lectores nos hacen el favor de leer el libro van a poder enterarse de algo que nos retrasó la publicación, que fue el informe oficial. Hacemos todo un trabajo de desmontar la versión oficial, el trabajo de Virgilio Andrade. Era importante que lo hiciéramos porque nos encontramos con que el reportaje no aparece en las más de 60 mil fojas. Ni una sola mención.

No es porque nos interese que nos mencionen, por un afán protagónico absurdo, sino que eso tiene una razón de fondo, y es que nosotros planteamos el nacimiento del conflicto de interés desde cuando Peña Nieto era gobernador del Estado de México. Entonces se trataba de tomar el reportaje desde el origen, pero el diseño de la investigación fue que al Presidente sólo lo iban a indagar a partir de que había asumido este cargo. ¿Cómo hacen para investigarse a sí mismos? Yo digo que son como los perros cuando tratan de morderse la cola, que están dando vueltas. Agarraron una nota de un periódico, de la senadora Laura Rojas pidiendo que al Presidente se le investigue por conflicto de interés. A partir de esa nota se investigó al Presidente, y es allí donde justifican la delimitación espacio-temporal de la investigación. Claro, es como correr con los ojos cerrados, cuando el origen del problema era otra cosa, como lo pueden ver en el libro.

 

AR: En términos tanto positivos como negativos, ¿cuáles han sido las consecuencias personales, profesionales e incluso gremiales de practicar este periodismo?

DL: Yo he visto una gran solidaridad, en general, de los compañeros, de todos los reporteros no sólo de México sino, especialmente, de Latinoamérica. Eso a mí me ha gustado mucho; creo que nos hemos sentido bastante cobijados por el gremio. Eso sí nos da satisfacción como grupo y a nivel personal, pero también es una responsabilidad porque nos hemos puesto la vara demasiado alta, y entonces hay que seguir brincando a ese nivel. Lo malo de ser profesionales convertirte en atleta de alto rendimiento es que tienes que mantener los tiempos (risas).

Entonces yo lo veo en ese sentido: me da mucho gusto pero también lo asumo como una responsabilidad. Obtener los premios García Márquez, Connectas del ICJF y Nacional de Periodismo yo lo siento como una responsabilidad.

RC: Más que un apapacho, un premio es una responsabilidad. Estamos agradecidos totalmente después de tanta cosa fea que nos pasó; fue como un abrazo de la vida y que también hay cosas buenas.

En cuanto al periodismo, creo que hay muchos esfuerzos muy importantes en México, hay muy buenos reporteros. A mí lo que me parece interesante es que la mayoría de los reporteros que están tratando de hacer cosas distintas, un poco más profundas, lo están haciendo desde el free lanceo. Como que sí hay una parte generacional de periodistas que están rehuyendo a los medios con la idea de que es poco constructivo el sistema de medios y tratan de hacer su trabajo desde la independencia, con todo lo bueno y lo malo que tiene esto (la verdad, económicamente es difícil, duro en cuanto a sustentabilidad). Pero sí veo que hay esa intención, y creo que sí hay más gente como queriendo hacer investigación. Sí fue como un impulso de recordar que el periodismo de investigación también existe.

DL: Creo que hay una generación de jóvenes que están empujando para que se haga eso en México, y me gusta que tengan el impulso y que pongan la mirada fuera, porque realmente donde aprendemos es allí.

 

AR: Ahora vayamos al lado negativo: por ejemplo, citan el caso de Salvador García Soto, quien escribió que el reportaje fue producto de una filtración de Marcelo Ebrard.

DL: Yo creo que es de esperar que el poder dé coletazos, como los ha dado en todo el mundo; se los ha dado a quienes considero mis maestros, como Mónica González en Chile, Gustavo Gorriti en Perú y Daniel Santoro en Argentina. Lo que nos dicen ellos es: ¿qué esperaban? Si van y le rascan la panza al tigre, ¿qué esperan que les pase? Entonces es madurar como periodistas y entender que eso te puede pasar.

Lo importante de esto es estar seguro de lo que hiciste, y en ese sentido tienes que aguantar; tienes que estar, tanto en lo personal como en lo familiar, pensando en que esto va a tener un costo, que en este caso fue el empleo, con todo lo que eso implica, porque a quienes vivimos de esto sin cobrar por fuera, sin pedirle dinero al gobierno (como tantos periodistas lo hacen en este país), pues sí nos pega y nos mueve la vida. Entonces hay todo un reacomodo que cada uno tiene que ir procesando por sí mismo.

RC: Siempre va a haber críticas negativas. Estuvo lo de este señor de El Universal, e incluso había gente que decía que básicamente Connectas y el ICJF nos habían hecho la investigación, pero no llegan a entender cómo están los mecanismos que ahora se utilizan. El periodismo de investigación no es nada más de que algo se me ocurra y que uno no pueda solo; necesitas ayuda y existen estos organismos que, afortunadamente, te ayudan, te impulsan, te guían, te financian de algún modo no para que le pegues a un gobierno sino para que hagas periodismo. Ellos no se meten en la parte editorial, que es, básicamente, responsabilidad de cada uno.

Entonces siempre hay críticas negativas, pese a que el reportaje es tan sólido y tiene todas las pruebas; aun así, al final de cuentas venían andanadas en contra. Pasamos lo de García Soto, lo del despido…

DL: Los ataques personales también…

RC: … y el reportaje siguió vivo. La solidez lo hizo mantenerse vivo, firme, y aquí estamos.

DL: Pensamos mucho en incluir o no finalmente el asunto de ese columnista; con la decisión de la editorial lo incluimos como nota del autor. Pero a final de cuentas creo que la reflexión que hemos hecho es que para el poder es mucho más fácil acusar una filtración que reconocer un error. Es decir: alguien allí cometió un error muy grave, que fue permitir que Angélica Rivera hiciera esa entrevista en la casa, con las obras de arte, amueblándole y arreglándole la casa exprofeso, y que no cuidaran lo que iba a decir, dejando que el arquitecto de la casa dijera lo que dijo.

Entonces me parece que allí hay un error gravísimo de comunicación institucional; insisto, es más fácil decir “alguien se los pasó” a reconocer un mérito periodístico. ¿Por qué? Porque reconocerlo es asumir que ellos cometieron un error.

RC: Es más fácil la conspiración política: como siempre, pensar que todo se limita a Andrés Manuel o a que fue Ebrard, que es la solución simplista. No sé si haya sido un error; la verdad es que creo que están tan empoderados que no les importaba y decían “aquí no van a investigar”. De algún modo quizá no sea un error porque se sentían muy seguros.

 


*Entrevista publicada en Metapolítica, núm. 97, abril-junio de 2017.