lunes, enero 16, 2017

El periodismo mexicano en tiempos del narco. Entrevista con Javier Valdez Cárdenas


El periodismo mexicano en tiempos del narco
Entrevista con Javier Valdez Cárdenas*
Ariel Ruiz Mondragón
El periodismo en México, especialmente en algunas regiones del país, se realiza bajo condiciones muy poco propicias: a condiciones laborales muy precarias se suman la violencia de grupos delictivos e incluso de políticos que se ceba sobre los comunicadores, la cual, en la mayoría de los casos, va acompañada por la impunidad.
Sobre varios de los problemas más acuciantes con los que se enfrentan los periodistas Javier Valdez Cárdenas acaba de publicar su libro Narcoperiodismo (México, Aguilar, 2016), sobre el que el mismo autor escribe en las primeras páginas: “No sólo es un libro de narcotráfico y periodismo, es también un libro sobre el poder político que secuestra y persigue, para matar, torturar, amenazar, a quienes trabajan en los medios de comunicación”.
Pero en el volumen, a través de crónicas, entrevistas y diversos testimonios, el autor aporta un panorama más amplio de la situación que atraviesa la prensa mexicana en la actualidad.
Valdez Cárdenas (Culiacán, 1967) estudió Sociología en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Fundador de Ríodoce y autor de siete libros, ha colaborado en medios como La Jornada, Proceso, Gatopardo, Emeequis, Nuestra Aparente Rendición y Horizontal. Ha ganado premios como el Internacional a la Libertad de Prensa 2011, otorgado por el Comité para la Protección de Periodistas, y, como parte del equipo de Ríodoce, los premios María Moors Cabot, de la Universidad de Columbia, y el Pen Club a la Excelencia Editorial.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué hoy un libro dedicado al narcoperiodismo, sobre las condiciones tan difíciles en las cuales se ejerce el oficio periodístico en nuestro país?
Javier Valdez Cárdenas (JVC): Siempre ando buscando rincones que no se cuentan de la vida nacional, historias no relatadas, rubros y caminitos desolados que no son apreciados en su justa dimensión en los medios de comunicación, las que, por lo cotidiano y por la muerte tan escandalosa y tan lamentable, ya no vemos. Por eso escribí Los morros del narco, la presencia de los niños y los jóvenes en el narcotráfico; Levantones, sobre los desaparecidos, y Los huérfanos del narco, sobre las viudas y niños de desaparecidos y asesinados. Son espacios no contados, invisibles.
Creo que ahora el periodismo está en crisis en México, y no es consustancial a él sino que se debe a diversos factores internos y externos: el narco en las redacciones, en nuestra vida nacional; los políticos y los empresarios que censuran, que no quieren que se publique el otro crimen organizado, que es el del dinero, las inversiones, el lavado. Pero también está nuestra mediocridad, el mercado de la muerte y el exilio de los reporteros, por ejemplo.
Me pareció importante mirar hacia adentro; pero en estos tiempos cuesta mucho porque reconocerse duele y uno se resiste a hacerlo.
También es importante revisar nuestro oficio, y si mi libro puede contribuir a ese debate, pues qué chingón.

AR: El libro rebasa el asunto del narco, por lo que quiero comenzar por un tema planteado que, considero, es central: señala Marco Lara que desde los principios de la década de los ochenta la prensa se convirtió en una pequeña parte de grandes corporativos que tienen muchos otros negocios. Estos grupos tienen muchos intereses políticos, por supuesto. ¿Cómo ha cambiado el periodismo con la irrupción de estos grandes intereses corporativos?
JVC: Coincido con Marco Lara en el sentido de que ya no importa tanto el periodismo, que ahora muchos medios son como sucursales de Televisa, empresas monopólicas, con instituciones de salud a su servicio, que influyen en las políticas de gobierno, que tienen gente de sus grupos políticos en gabinetes de gobiernos municipales, estatales y federal, y que son como cotos de poder. Todo eso hace que se olviden del oficio y que el tuétano, la esencia de la empresa inicial que les dio sentido (o sea el periodismo, los reporteros, la información, la investigación) fue hecha a un lado y está sometida al negocio.
La censura es más fácil, más práctica, más cotidiana y más impune, y como que es consustancial al periodismo de este tipo de empresas. No hay que tocar a ciertos personajes y temas: “No te metas en este aspecto de la industria de la construcción porque yo soy constructor y tengo inversiones en tal giro”, “no te metas con este político porque es mi socio en este otro ámbito”, etcétera.
Entonces se sacrificó el periodismo; no se quedó en un segundo lugar sino en uno tercero o cuarto, lo que ha afectado mucho a los comunicadores y también a la sociedad, porque, lamentablemente, muchos mexicanos siguen informándose a través de estos grandes corporativos.

AR: En el libro hay una anotación muy interesante sobre un reportero de Guadalajara que cubría justamente a las inmobiliarias. Él dice que una forma de censura es que a los reporteros los mandan todo el día y todos los días a cubrir actos políticos de los gobernantes. ¿Eso es censura?
JVC: El mensaje de los dueños detrás de esto es: “No crezcas en la redacción”. Quieren enanos, reporteros que no piensen, que sean automáticos, que pongan la grabadora, que no incomoden, que no cuestionen, que no investiguen, que no sepan a quién están entrevistando.
Yo no lo había visto así hasta que empecé a observar esta otra realidad, y es cierta: si te encargan cinco u ocho notas, ¿en qué momento vas a investigar? No hay espacio para reflexionar tu trabajo, no hay tregua para dar dos pasos para atrás y decir “¡ah, las cosas están así”, porque estás en una dinámica tan intensa que no te permite sentir, pensar, sentarte a reflexionar porque son jornadas avasallantes. Entonces te imponen una dinámica que impide que hagas periodismo y que evita que crezcas; por eso digo que a los dueños les interesa que haya enanos en la redacción.

AR: Una parte fundamental es la de las condiciones laborales de los periodistas. En el libro se mencionan diversas denuncias que van desde la negación de acreditaciones, cambio de fuentes de algún reportero por la incomodidad de algún personaje, y hasta la falta de protocolos de seguridad, pasando por los bajos salarios y extensos horarios. ¿Qué nos dice sobre este aspecto?
JVC: Son muy bajos los salarios, no hay prestaciones y hay mucha vulnerabilidad e incertidumbre. Hay muchos reporteros que trabajamos como si fuéramos una empresa más, no estamos en la nómina y entonces no tenemos seguridad social ni aguinaldo ni prima vacacional. Nos subcontratan para abatir gastos en las empresas, adelgazarlas, lo cual tampoco ayuda, porque nos arroja a la sobrevivencia, a una condición de vulnerabilidad, y entonces haces el periodismo que los empresarios quieren que hagas porque si no te corren, ¿y dónde vas a encontrar otro trabajo?
En el aspecto de la seguridad, cuando los dueños de los medios hablan de ella porque hay mucha violencia, se refieren a su seguridad y la de sus bienes: el edificio y sus colaboradores cercanos. No hablan de la del reportero y del fotógrafo que andan en la calle cubriendo la realidad. Esto no les importa.
Por las condiciones de trabajo y la violencia en la calle los reporteros están sometidos a una doble o triple vulnerabilidad: económica, familiar y, por supuesto, de seguridad.

AR: En el libro hay una historia de un fotógrafo de Noroeste, quien camino a su trabajo veía diversos incidentes, traía una camarita y comenzó a fotografiarlos. En un congreso de periodistas dijo que él cobraba por muerto, aunque no por suicidios. Habla de los trastornos psicológicos que ha sufrido por tomar imágenes de niños, por ejemplo. ¿Qué nos dice esto del periodismo y de las empresas de la prensa?
JVC: Es el mercado de la muerte. En general nosotros (cuando digo “nosotros” me refiero a los medios y a los periodistas) somos como un instrumento más en él. Lamentablemente se han frivolizado la muerte, el asesinato, la vida humana; ahora tiene precio o no vale nada. Nos enteramos de que murió alguien y no nos importa; nos acostumbramos a esa muerte diaria, cotidiana, barata. Pero encima le estamos pagando a un reportero en función de los decesos, siempre y cuando no sean suicidios, lo cual es una tontería.
Me parece muy triste que en nuestras redacciones se hable de la justicia, que se vaya a colonias populares que no tienen servicios públicos, que se publiquen las exigencias de los maestros o de los empleados de un ingenio azucarero que fueron despedidos, y digan “yo coincido con esas causas, con las de madres de hijos desaparecidos”, pero resulta que dentro hay una incongruencia: se paga por muerto, lo cual es muy lamentable.
Es el horror de la muerte, del que hemos hecho un mercado, lo que incluye fotos no cuidadas, irrespetuosas y calificativos hacia la víctima; por ejemplo, le ponemos apodos y decimos que la “desinflaron”, “la poncharon”, “la borraron”, entre otras expresiones irrespetuosas hacia una persona que ya no puede defenderse pero que, además, tiene hijos, esposa, hermanos, que cómo se van a sentir cuando vean las fotos y lean ese lenguaje vil, incluso criminal, al tratar la información sobre su deceso. Son asuntos que hay que revisar.
Me pareció importante decirlo; no es fácil, pero hay que hacerlo.

AR: Hay otra vertiente del libro que abordan cuando menos dos entrevistados en el libro: la ética. ¿Cómo la observa hoy en los medios mexicanos? Por ejemplo, se da desde la difusión de conversaciones privadas hasta la publicación de imágenes cruentas. Marco Lara pone mucho énfasis en la legalidad, pero ¿qué nos dice usted del aspecto ético?
JVC: Nos hemos olvidado de la ética. Creo que el periodismo está en crisis, lo cual tiene mucho que ver con esta ausencia de ética en nuestro trabajo, en contar las historias, en el manejo de las imágenes.
La ética nos ha salvado a muchos: ¿qué nos pueden decir a nosotros los narcos o los políticos: que somos corruptos, que estamos golpeándolos para favorecer a otros? No pueden decirlo porque somos éticos, profesionales, serios con la gente, con la información, por no prestarnos a ese ajuste de cuentas que acostumbran ellos.
Entonces la ética puede salvarte; pero si no somos éticos, creo que nos engulle más este marasmo irresponsable y criminal del trabajo periodístico.
Hay que impulsar que haya una formación en este aspecto, porque además se publica mucha información en los sitios web de los medios que no es cierta, que no está confirmada y que es exagerada. No podemos seguir publicando información con prisas; sí hay que publicarla rápido, pero si no la tienes amarrada no lo hagas. Eso me parece también mucho muy criticable.
Creo que hay que recuperar algo que es elemental, básico y consustancial al periodismo: la ética.

AR: En el libro hay casos de periodistas caídos, detenidos y otros que se fueron a refugiar a Estados Unidos. Pero hay otros que trabajan para el narco y que están infiltrados en las redacciones; además hay otros, que fueron aguerridos, que terminaron por trabajar en las oficinas de prensa. ¿Qué pasa con ellos?
JVC: A veces siento que perdemos a alguien cuando se va de un medio crítico valiente y luego lo ves como jefe de prensa en una oficina. Aunque es un asunto muy personal, me duele porque siento que perdimos a alguien porque es difícil encontrar a gente crítica, valiente y que trabaje con dignidad.
Pero eso puede superarse porque finalmente es la sobrevivencia: le van a pagar más. Pero resulta que, detrás de ello, muchas veces está el ejercicio de la corrupción, y entonces ya no estamos hablando de un trabajo limpio, profesional y honesto, sino de gente que reparte o recibe dinero, que pueden ser jefes de prensa de una célula del narco, lo que también me parece sumamente criticable. Puedes hacer un trabajo profesional desde una oficina de prensa, pero cuando estás al servicio de criminales, de dentro y fuera del gobierno, ya no hay periodismo: allí hay un mercenario, un homicida, un cómplice de crímenes. Creo que entre los reporteros muertos, exiliados y desaparecidos también hay reporteros coludidos con el narco o con el otro crimen organizado, el de políticos y empresarios, y también hay periodistas honestos, éticos, valientes. Esto hay que mirarlo de frente porque es nuestro monstruo.

AR: Otros asuntos inquietantes del libro son los casos de una periodista, a quien le tocó el violento conflicto cuando se rompió el Cártel de Sinaloa, y el de otro reportero al que le tocó el rompimiento del Cártel del Golfo y los Zetas. ¿Cómo se cubren esos conflictos cuando se está entre dos fuegos, y hasta tres si contamos al gobierno?
JVC: Nosotros aprendimos a punta de chingazos porque se nos vino encima la cúspide de la violencia. ¿Cómo se trabaja? Es difícil una fórmula que te salve de todo porque cada historia amerita sus reglas, su cobertura, cada una de ellas tiene una línea que no puedes cruzar, y esa línea se mueve.
Creo que lo importante es que sepas primero el contexto: quién manda en la ciudad, quién la controla, con qué jefe policiaco se entiende e incluso si le molesta que lo menciones por su nombre (aunque en ocasiones es más peligroso mencionar su apodo). Tienes que saber esa información para reportear y saber ubicar muy bien dónde está esa línea que no se debe cruzar. Cuando te acercas ya con cierta experiencia vas sintiendo cuándo los chingazos están fuertes y que tienes que dar dos pasos hacia atrás.
Entonces depende de coyunturas y de regiones, pero centralmente se trata de conocer el contexto, por lo cual hay que avanzar mucho muy despacio y escuchar lo que dice la gente en la calle. No hay que confiar, obviamente, en la fuente de gobierno, que siempre es interesada, y hay que confirmar dos o tres veces la versión que te da alguien para poderle dar cierta categoría.
Esas medidas básicas te pueden salvar la vida. No basta con ser valiente, querer investigar y hacer periodismo; si te emocionas y te apasionas, esto te puede llevar al abismo. Hay que ser prudentes, muy conscientes del contexto y de la cobertura que puedes hacer, y ubicar al final qué parte de la historia no vas a publicar porque te vas a colocar en mucho riesgo. No la canceles; guárdala, pero no la escribas ahora. Te puedes emocionar y decir “yo lo voy a contar porque son chingaderas”, y te indignas y te hacen escribir rabiando. Entonces más vale que alguien te diga (que es una ventaja que tenemos en Ríodoce porque discutimos mucho todo esto) “esta parte no porque es mucho peligro”.
Yo creo que eso puede ayudar mucho.

AR: Por lo que se puede ver hay más fuegos: además de los de las bandas delictivas, empresarios y políticos están los movimientos sociales, muchos de cuyos integrantes afirman que los periodistas son vendidos y que tal o cual publicación sirve a los intereses del gobierno. En el libro se aborda el caso del Movimiento Magisterial Veracruzano, que atacó a reporteros. ¿Qué hay de esta otra vertiente del riesgo?
JVC: La gente en la calle no distingue si eres de Televisa o de Milenio, de El Universal, La Jornada o Proceso. Yo siento que ha ganado terreno la desconfianza porque la gente está muy golpeada y desconfiada porque tenemos gobiernos que no atienden sus demandas y necesidades, y a los movimientos sociales les gana el desahogo. Lamentablemente nosotros nos hemos ganado la desconfianza de muchos sectores porque servimos al poder, porque la gente sabe que en la calle pasan cosas y que nosotros no las publicamos. A la gente no le importa si tú escribiste la historia, si ésta es buena y no se publicó; te ven como medio y entonces te condenan.
Es incómodo y lamentable porque yo también soy periodista y creo que he hecho un trabajo digno, que vale la pena revisar. Pero ya estando en medio de la protesta ganan los ánimos y este sentimiento de desconfianza.
Pienso que le hace falta al buen periodismo en México una sociedad que lo acompañe. No hay sociedad que respalde a este periodismo que realizan algunos medios y reporteros en México, lo que hace que uno se sienta más vulnerable, y el narco, el delincuente y el político saben que pueden hacerte algo y que no va a pasar nada. Entonces disponen, se sirven y atacan. Pero también es una condición que, de alguna forma, nos hemos ganado.

AR: Al respecto, ¿qué ha ocurrido con medidas como el mecanismo de protección a los periodistas, el botón de pánico (un aparatito que más bien parece que sirve para espiar reporteros), etcétera? Ha habido comisiones legislativas, incluso locales.
JVC: Son un fracaso todas ellas porque tenemos una clase política hija del narco, y no hablo de priistas y panistas sino también de perredistas, lamentablemente. Aquí es un asunto de voluntad: aunque hay leyes y soy mexicano, ciudadano y periodista, me amenazaron, me desaparecieron, me asesinaron, me desterraron. Debe aplicarse la ley: hay una Procuraduría de Justicia, una Policía que investiga, un juez, etcétera; pero nadie indaga y no hay castigo. Esto de los mecanismos es como para disimular, para que se piense que se está actuando.
Este país sigue siendo muy peligroso para los periodistas, y eso que no tenemos una guerra convencional. Lo demás es discurso, basura, estupideces, son pretextos para espiarnos, para gastar recursos de manera discrecional.
Para mí es insuficiente lo que se ha hecho. Es increíble que incluso las autoridades de la Procuraduría de Justicia del DF, ciudad gobernada por un partido de izquierda, no avance en el caso de las investigaciones del caso de Rubén Espinosa.

AR: El periodismo debiera ser, básicamente, un servicio para la sociedad. En el libro cuando menos dos periodistas dicen que no cuentan con ella, y una académica dice que sí. ¿Cuál ha sido la reacción de la sociedad ante el cúmulo de agresiones contra los periodistas?
JVC: Insisto: hace falta sociedad que acompañe al buen periodismo, especialmente los medios que no queremos que nos ubiquen en el montón, en la corrupción, en seguirle el juego al gobierno.
Nadie sale a protestar por los muertos, y los movimientos sociales son escasos y aislados. Allí están, por su cuenta, los de Ayotzinapa, las rastreadoras de cadáveres en Sinaloa, la Coordinadora, el Ejército Zapatista, etcétera. Son movimientos sociales fragmentados, que desconfían de sí mismos, en su interior y entre ellos, y así no puede acompañar la sociedad al buen periodismo.
Considero que hay asomos de apoyo; por ejemplo, en Ríodoce cerca del 70 por ciento de los ingresos provienen de la venta de periódicos, aunque me gustaría saber si esos miles de lectores salen a la calle si nos pasa algo. ¿Qué va a pasar mañana si Ríodoce o Proceso cierran por amenazas o inviabilidad económica? ¿De verdad el público estará con esas publicaciones, saldrá a la calle por ellas, va a respaldarlas? Yo creo que no, que va a haber por allí asomos de protesta, de apoyos, pero veo un movimiento ciudadano fragmentado, dividido, enfrentado, desolado, y yo creo que por eso muchos activistas han sido asesinados.
Yo veo poca sociedad, lo que deja a los medios, a los críticos, a los activistas, a los defensores de los derechos humanos y a los reporteros valientes solos, por lo que son vulnerables: pueden ir por ellos, matarlos y no pasa nada.

AR: En el libro se ve a varios valientes reporteros solos. Pero ¿cómo se han ayudado los periodistas a sí mismos?, ¿qué ha pasado con el gremio, que es el primero que debería cerrar filas?
JVC: Fíjate que ganan la hipocresía, los celos, las envidias, las parcelas de poder. Muchos dicen: “Es que es de otro medio y no voy a publicar lo que hizo porque es la competencia”. Pero puedes retomar el asunto y mejorarlo, darle buen seguimiento y arrebatarle el tema si haces un buen trabajo periodístico.
Igual: si amenazan a alguien de otro medio pensamos que es de otro periódico, y creo que estamos dándole prioridad a la competencia, a los egos, a la intriga, a las parcelitas de poder y a la envidia, y también estamos divididos, fragmentados, peleados. No hay, por ejemplo, foros de discusión sobre la cobertura periodística del narco, no hay instituciones académicas o asociaciones de periodistas haciendo una mesa redonda sobre ello. No hay nada de eso.
Veo muy difícil el panorama: en el gremio periodístico hay un páramo, y allí es todavía peor la soledad que se padece.

AR: Hay una vertiente de destierro, que puede ser interno, como el de Rubén Espinosa cuando salió de Veracruz hacia la Ciudad de México, y otros reporteros que salen del país. Hay un dato en el libro: hay 250 periodistas mexicanos en Estados Unidos que tuvieron que abandonar el país. ¿Qué ha pasado con este éxodo de periodistas?, ¿a qué ha llevado? Se han perdido profesionales y algunos terminan de jardineros o limpiando mesas...
JVC: Muchos de esos compañeros no van a volver a México nunca, quizá sus hijos. Es tristísimo y doloroso porque no es gente que haya hecho algo malo en el país y que se vio involucrada en una situación producto de su trabajo, como el caso de Alejandro Pacheco, y entonces tienen que irse porque no hay gobierno en México que los proteja. Como dijo Federico Campbell: el Estado no está. Entonces estamos a merced de los narcos, de los delincuentes. Creo que hizo bien Alejandro en irse del país, pero qué difícil es acomodarse en una casa que no es la suya, trabajar de jardinero, lavando platos o limpiando mesas en un restaurante, vivir de la caridad, de lo que den otros mexicanos u otros periodistas de allá, y ver tu casa por internet porque no puedes volver a ella. Es terrible.
Me parece inmerecido el futuro que están teniendo estos compañeros periodistas y activistas exiliados.

AR: En términos de seguridad, muchas veces los propios reporteros son quienes toman medidas. ¿Dónde ve la esperanza de que cambie esta situación?
JVC: En los activistas, en un periodismo humano en el que la gente de la calle vea sus problemas retratados, en un gobierno diferente al PRI y al PAN, que ya los tuvimos y no nos fue bien. Creo que nos hacen falta gobiernos honestos, y este país puede cambiar a partir de que se aplique la ley y se combata la corrupción.
Con el narco no vas a acabar; hay que invertir mucho dinero en recuperar el tejido social, en atender a niños y a jóvenes, quitarle a los narcotraficantes el mercado laboral que tienen cautivo. No se trata de detenerlos sino de ganarles el espacio social que ya tienen, que nosotros recuperemos la calle. Creo que conjuntando todo eso podemos tener otro periodismo, otra sociedad y otro país. Parece una quimera, pero yo creo que vale la pena.
También pienso que es importante que se sepa que en este país la democracia también pasa por un asunto cotidiano de los reporteros, que no sólo es un asunto de elecciones. Si queremos que este país cambie tenemos que cambiar los reporteros y asumir que la lucha por la democracia es un trabajo también de información, de orientación, de desnudar la corrupción, los malos tratos, los abusos y el tráfico de influencias. Si los medios de comunicación cumplimos con esa tarea estamos construyendo ciudadanía.
Asimismo, si nosotros hacemos nuestro trabajo, reconocemos lo que nos pasa, revisamos el trabajo periodístico que hacemos y realizamos una autocrítica responsable, podemos contribuir mucho a que esto cambie.


 *Entrevista publicada en El Búho, núm. 189, diciembre de 2016.

lunes, enero 02, 2017

Fortalecer el Estado para debilitar al crimen organizado. Entrevista con Guillermo Valdés Castellanos


Fortalecer el Estado para debilitar al crimen organizado
Entrevista con Guillermo Valdés Castellanos*
Ariel Ruiz Mondragón

El fenómeno del narcotráfico en nuestro país ya se acerca a cumplir un siglo (fue en 1920 cuando se prohibió el cultivo y comercialización de la mariguana), largo periodo en el que ese asunto, lejos de resolverse por la vía de la interdicción, se ha agravado hasta niveles inusitados de ganancias económicas, de corrupción política y de violencia despiadada.
México ha desempeñado un papel de gran relevancia, tanto como productor como comercializador de sustancias ilícitas, al ser vecino del país que es el principal mercado de drogas del mundo: Estados Unidos.
Pese a lo anterior, han sido escasos los intentos por producir un relato general del desarrollo de la producción y comercio de narcóticos en nuestro país. Para intentar resarcir esa carencia, Guillermo Valdés Castellanos escribió Historia del narcotráfico en México. Apuntes para entender al crimen organizado y la violencia (México, Aguilar, 2013), en el que, como el propio autor escribe, se “recoge la historia de dos tragedias: la de las organizaciones criminales que han generado violencia a diestra y siniestra enlutando al país, y la de unas instituciones de seguridad y justicia, incapaces de defender a la sociedad por debilidad o complicidad”.
Sobre ese volumen conversamos con Valdés Castellanos, quien es licenciado en Ciencias Sociales por el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Ha impartido cursos en esta institución y en la Universidad Iberoamericana, además de que en 2012 fue investigador de la Fundación Ortega y Gasset, en Madrid. Fue director de la casa encuestadora GEA-ISA, y entre 2007 y 2011 fue director general del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen).

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir un libro como el suyo? Al principio del volumen usted menciona su inquietud por el nuevo tipo de violencia aparecida en 2006.
Guillermo Valdés Castellanos (GVC): Porque aunque el narcotráfico es un fenómeno que tiene ya muchas décadas de existencia en México (el año que entra cumple 90 años), curiosamente no había una historia del narcotráfico en México. La idea era llenar un hueco sobre un fenómeno que a veces ha tenido más presencia pública, a veces sin ella, pero siempre existente en nuestra sociedad, y que se fue incubando como los huevos de una serpiente y que salió a la luz pública de manera brutal con una violencia salvaje a partir de 2007-2008. No teníamos elementos para comprender a fondo cómo es que se nos incubó ese problema tan grave.
Entonces la idea de hacer este libro es ofrecerle a los mexicanos, de manera lo más exhaustiva que se pueda, unos primeros apuntes para reconstruir la historia de las organizaciones del narcotráfico en México y su relación con la política, lo que ayuda a entender la evolución de este problema.
En síntesis, la razón por la que me propuse escribir el libro era que los mexicanos comprendiéramos de una manera sencilla toda la evolución de este fenómeno del narcotráfico, de cómo fue que pasaron de ser pequeñas empresas productoras de amapola y campesinos productores de mariguana, desde los chinos en Sinaloa en los primeros años del siglo XX, hasta convertirse en grandes corporaciones trasnacionales del crimen organizado, como son el Cártel del Pacífico, Los Zetas, la organización del Golfo, etcétera.
Entonces fue eso: llenar el vacío que había sobre la historia de estas organizaciones.

AR: ¿Cuáles son los principales problemas que enfrentó para hacer esta historia? Hay una parte del libro en que se refiere a la documentación: como son historias ocultas es muy difícil conseguirla. Y un poco más adelante cita a Fernando Escalante sobre la dificultad de establecer el número de homicidios en el país, por ejemplo.
GVC: Hay un problema para recuperar toda la información. En primer lugar, las fuentes que se tienen de información: está en archivos del gobierno que no siempre son públicos; segundo, están en fuentes periodísticas en las que hay que depurar mucho, porque sabemos que los medios no siempre son muy exactos o no siempre verifican correctamente la información. Por otro lado, también hay un poco de literatura que, a lo largo de todas estas décadas, se ha ido reuniendo.
Entonces es una tarea muy laboriosa ir buscando todas estas fuentes y organizarlas, revisarlas, depurarlas, compararlas y luego irlas acomodando en un esquema lógico para que la narración del libro se haga coherente para el lector.
De manera que sí es una tarea laboriosa, para la cual me ayudó mucho el tiempo que yo trabajé en el Cisen porque tenía acceso a mucha información que no se utilizó para el libro, pero el conocimiento que me dio me facilitó la búsqueda, la selección y la depuración de las fuentes.
Este no es un libro de revelaciones de la información del Cisen sino uno histórico hecho con fuentes públicas, periodísticas, académicas, documentales, de archivos de la Procuraduría General de la República (PGR), de Estados Unidos, etcétera. Pero el conocimiento que me dio haber trabajado en el Cisen me facilitó el asunto para poder decir “esto sí es cierto, esto no corresponde a la realidad”.

AR: Una de las tesis principales del libro es el de que la competencia económica en los mercados ilegales implica necesariamente el uso de la violencia porque los delincuentes no pueden recurrir al Estado para resolver algún desacuerdo. Durante algún tiempo la violencia fue más soterrada y menciona usted que incluso había un acuerdo para no pegarle a la sociedad. Sin embargo, desde los años noventa se incrementó la violencia. ¿Esto a qué se debe?
GVC: La violencia entre organizaciones que se dedican a los mercados ilegales es fuerte: hay mucha cuando hay varias organizaciones que entran en competencia entre sí por controlar esos mercados.
Lo que pasó en México es que el narcotráfico en una época fue poco violento porque hubo un periodo en que prácticamente todas las organizaciones (había muchas en Sinaloa, Baja California, Chihuahua, Durango, Sonora, Guerrero, Michoacán) estuvieron estructuradas en una especie de corporación monopólica. Tenían un liderazgo fuerte, único, lo cual redujo los conflictos entre todos los grupos que se dedicaban al negocio.
Esta corporación monopólica del narcotráfico tenía la bendición, el cobijo y acuerdos con las autoridades del gobierno mexicano. De manera tácita llegaron a un entendimiento en el se dijo “pues tú produce y exporta mariguana, amapola y drogas a Estados Unidos, pero no me hagas mucho borlote y reduce al máximo la violencia. A cambio yo te doy el permiso de que hagas esta actividad ilegal y me traigas una parte de tus ganancias”.
Ese pacto, que operó desde los cincuenta hasta finales de los ochenta, junto con esa estructura monopólica de la corporación de narcotraficantes, hizo que la violencia estuviera presente pero no en las magnitudes que se produjo después.
¿Qué fue lo que cambió? Que este acuerdo y esta estructura monopólica de la industria del narcotráfico se rompieron a finales de los ochenta, entre 1985 y 1989, cuando ocurrió el famoso caso del Kiki Camarena. Entonces el Estado se vio obligado, por presiones de Estados Unidos, a detener a los jefes de esa corporación monopólica, que eran Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca Don Neto y Miguel Ángel Félix Gallardo.
Los metió a la cárcel y la corporación se quedó sin liderazgo, por lo cual se fragmentó. Entonces aparecieron los que se han conocido como los cárteles mexicanos: los de Tijuana, Juárez, Pacífico, Golfo, Milenio en Michoacán y los Amezcua en Colima.
Ocurrió que, por un lado, a partir de los noventa ya no tuvimos la corporación monopólica sino su fragmentación en organizaciones, y empezaron las luchas entre ellas, que incluso se fueron subdividiendo. Entonces ocurrió que muchas organizaciones que controlaban regiones y plazas estratégicas entraron en conflicto, y es cuando empezó a despegar la violencia, primero de manera leve pero ya mucho más fuerte que en las décadas anteriores. Empezó a haber episodios muy violentos y muy sonados, como el asesinato del cardenal Posadas en el aeropuerto de Guadalajara en mayo de 1993, y luego hubo un intento de asesinato contra Amado Carrillo en el Bali Hai en la Ciudad de México, hubo balaceras en Puerto Vallarta para matar a los Arellano Félix, etcétera.
Así comenzaron esos eventos, que ya nos anticipaban un comportamiento distinto de las organizaciones en términos de violencia porque ya entraban en conflicto. Durante 40 años operaron como una sola corporación, y a partir de los noventa ya son distintas organizaciones, diferentes empresas en competencia por ser la más poderosa, por volverse la empresa monopólica a través de la lucha y la desaparición de los competidores.
Otro factor que ayudó a que estas guerras se volvieran cada vez más violentas fue que el Estado mexicano no se preocupó por desarrollar instituciones de seguridad sólidas, fuertes, honestas y eficaces, en parte porque durante los años de contubernio con el crimen organizado esas policías era financiadas, en parte, por el narcotráfico, y estaban corruptas desde hace muchas décadas. Entonces, por ejemplo, cuando los Arellano Félix se apoderaron de Tijuana, a la que dominaron durante casi tres décadas, y se peleaban con El Chapo Guzmán por el control de Tijuana, ¿qué pasaba? Que no había policía que impidiera esas luchas o que tuviera el poder de fuego suficiente para controlar y someter a los grupos criminales. ¿Por qué? Porque estaban al servicio de ellos desde hace muchas décadas.
Entonces ¿qué es lo que provocó esta violencia tan brutal a partir de los años noventa, que ya iba en incremento y con más presencia a partir del 2000 con, por ejemplo, la guerra del cártel del Pacífico contra el del Golfo en toda la frontera norte de Tamaulipas? Son tres factores: una mayor demanda de drogas en Estados Unidos, la fragmentación de las organizaciones y la debilidad del Estado, que no tiene capacidad para controlarlas.

AR: Me llamó la atención cómo se relaciona el sistema político mexicano, incluso más ampliamente el régimen, con las organizaciones criminales: aquel periodo de control de los años cincuenta a los años ochenta coincide con una época de gran estabilidad política. Usted hace allí el símil de la gran corporación que era el cártel de Jalisco con la CTM y su inclusión en la estructura corporativa del Estado. ¿Cómo se imbricó el desarrollo de las organizaciones criminales con la evolución del sistema político mexicano?
GVC: Básicamente hay una estrecha relación, como lo señalas cuando me planteas el tema, entre el tipo de sistema político y el tipo de crimen organizado. Sostengo que hubo una especie de pacto no reconocido, tácito, informal, entre el Estado y las organizaciones del crimen organizado. Para que exista un pacto se necesitan —aunque es una verdad de Perogrullo— dos partes que lleguen a un acuerdo y que ambas digan “estas van a ser las reglas del juego”, y que las dos cabezas que firman el pacto tengan la capacidad de que todos sus subordinados lo cumplan. Por un lado, si se firmaba ese pacto por el lado de los jefes del narco todos los de abajo tenían que cumplir y obedecer esas reglas. Igual en el sistema político: el que firmaba era un Estado muy presidencialista en el que todos los gobiernos estatales, los poderes Legislativo y Judicial, toda la estructura política del partido en el poder obedecía al Presidente. Entonces, si había una línea, se cumplía hasta abajo.
Pero empezó el proceso de democratización de México a finales de los años ochenta, cuando comenzaron a ganar gubernaturas los partidos de oposición y luego el PRI perdió el control del Congreso, y, de alguna manera, se desmontó esa Presidencia de la República tan poderosa que era el eje del control político, cuando lo que decía el Presidente se cumplía hasta abajo. Ya no fue el caso porque el Presidente tenía su poder pero los gobernadores son autónomos y ya no todos son del partido que tiene la Presidencia; además, ya no había mayoría en las Cámaras del Congreso y hubo una reforma en el Poder Judicial.
Entonces tenemos que en un Estado más democrático, con un sistema de poder descentralizado, pensando hipotéticamente que el Presidente quisiera hacer un pacto con los narcos, pues no le harían mucho caso. Suponiendo que el Presidente quisiera pactar con alguna figura importante del crimen organizado, digamos El Mayo Zambada, ¿qué garantías le podría dar el Presidente de que todos los gobernadores, presidentes municipales y legisladores van a acatar esas reglas del juego? No podría dárselas. De la misma manera, ¿qué garantías le daría El Mayo Zambada al Presidente de la República, de que Los Zetas, Los Guerreros Unidos, Los Rojos y Los Viagras cumplirían el pacto?
Las condiciones históricas que hicieron posible el anterior pacto entre el narco y el Estado mexicano ya no existe. Entonces es irreal plantear que ahora se puede revivir eso. Lo que suele suceder ahora es que puede haber pactos estatales, pero en todo caso van a ser muy frágiles, porque igual un gobernador no tiene el control de todo su estado y los narcos tampoco tienen control de todas las organizaciones que están en un estado. Pero sí suele haber pactos frágiles: por ejemplo, lo intentaron en Michoacán, donde Jesús Reyna, secretario de Gobierno estatal, se reunía con La Tuta.
Existe en el ámbito local la tentación de revivir esos pactos como una manera de resolver la violencia, pero en realidad son fallidos. No solucionan el problema y la consecuencia más grave de esos intentos es que en el fondo lo que hacen es que en la medida en que los narcotraficantes siguen operando un negocio que es tan rentable se van fortaleciendo, y la autoridad le da la instrucción a la policía de que no los moleste, porque es parte del pacto. Entonces lo que se hace es corromper y debilitar las instituciones. Es contraproducente por cualquier lado este tipo de pactos.

AR: Como usted dice en el libro, se trata de la historia de dos tragedias: primera, la de las organizaciones criminales y, segunda, la de las instituciones de seguridad y justicia, que son débiles y cómplices. Pero hay otra cara: ¿cuál ha sido el papel de la sociedad en el desarrollo de la violencia del crimen? Por allí hace usted algunas anotaciones: en un principio habla de las redes familiares y comunitarias, que también ha habido un importante arraigo en la sociedad de la que nace el narcotráfico, e incluso en el caso de los Arellano Félix usted habla de “complicidad social”.
GVC: Lo primero que hay que tener muy claro es que el narcotráfico es parte de la sociedad; no son marcianos que llegaron y que de repente tenemos sociedad y narcotráfico por ellos. La parte de la sociedad que no está directamente involucrada puede reaccionar de distintas maneras frente a esas partes suyas que se dedican al narcotráfico. En México, como el Estado no lo veía mal y no lo combatía de manera seria y sistemática, pues la sociedad en general también tendía a verlo con ojos bondadosos —por decirlo de alguna manera— porque para mucha gente representaba un ingreso y una forma de vida muy buena.
Entonces, en ese sentido el narcotráfico siempre ha tenido una base social; en ésta hay gente que colabora, que tolera y apoya al narco de manera voluntaria, y otra es involuntaria, porque los señores también suelen obligar a la gente a participar por la fuerza, la famosa “ley de plata o plomo”.
Este es un factor muy importante para explicar el arraigo y el crecimiento del narcotráfico, porque en general en los estados donde tuvo su origen y luego se fue expandiendo ha tenido mucha aceptación y mucho apoyo de la sociedad. En Sinaloa, que es la cuna del narcotráfico y en donde una buena parte de los campesinos se dedicaban a producir goma de opio, el equipo de beisbol eran Los Gomeros, lo que da una idea de esta cultura favorable de una buena parte de la sociedad hacia el fenómeno.
Pero también está el caso de Michoacán, donde también hubo un arraigo fuerte del crimen organizado con La Familia, que tuvo mucha presencia y mucho respaldo en la zona de Apatzingán. Pero a la hora en que los habitantes vieron la naturaleza real y las consecuencias de lo que son las organizaciones criminales, se les voltearon. Las autodefensas son expresiones del error de haberlos tolerado, porque son como alacranes: se vuelven contra la sociedad y la pican con veneno. Hay un momento en que la sociedad reacciona contra el narcotráfico porque ve que la evolución de las organizaciones criminales es, a final de cuentas, muy dañina. La lógica del narcotráfico en México quizá en términos sociales no era dañina cuando la actividad fundamental era producir y exportar droga; pero estas organizaciones se diversificaron y comenzaron a vender droga localmente y generaron adicciones, y después se dedicaron a la extorsión, al secuestro, a la violación, al robo de mercancías, a la piratería, etcétera. Entonces ya hubo toda una cara muy dañina para la sociedad, que se vio atrapada en una contradicción fuerte: “Yo permití, alenté y participé en esto, y ahora veo que es un fenómeno con un daño brutal para la sociedad. Me tengo que rebelar contra los narcotraficantes”.
Este fenómeno de, primero, aceptación, y luego de rechazo y rebelión en contra de los narcos, ha sido muy distinto en varias partes del país. Por ejemplo, en Ciudad Juárez el descenso de violencia que se vio a partir de 2012 para acá en buena medida es por la reacción de la sociedad contra el narcotráfico por el exceso de violencia. Pero durante mucho tiempo en ese lugar participaban muchísimos ciudadanos en los negocios ilegales. Incluso cuando los primeros operativos del gobierno federal en 2008-2009 en Ciudad Juárez, por ejemplo, una de las medidas que se tomaron fue que, como prácticamente todos los sicarios se movían en coches chocolate, importados de Estados Unidos, sin placas y con vidrios polarizados, se le pidió al municipio prohibir la circulación de esos autos. Hubo una reacción fuertísima del sector privado, de los que se dedican a vender autos chocolate. Entonces ciertos sectores empresariales se beneficiaban de esos mercados ilegales y hubo resistencias, pero tuvo que hacerse un programa con la presión social y afectar los intereses de esa gente que antes era beneficiada por estas actividades ilegales.
Es muy importante el tema del nivel de aceptación de la actividad del narcotráfico por parte de sectores amplios de la sociedad, y luego la conversión de esa aceptación en un proceso de rechazo cuando el crimen organizado muestra la verdadera cara de su poder depredador.

AR: También es un problema de recursos. Usted dice, por ejemplo, que muchos teóricos no se imaginan que los narcotraficantes no sólo no van a enfrentar al Estado sino que lo van a tener a su servicio. En ese sentido me interesa la cuestión de los recursos que ha dedicado el Estado al combate del narcotráfico: usted cuenta que en los años cuarenta José Siurob, funcionario de Salubridad, dijo que a quienes estaban en el servicio antinarcóticos se les pagaba con droga, y mucho tiempo después se siguió contando que las delegaciones de la PGR las pagaban los narcotraficantes. ¿Qué efectos ha tenido esto?, ¿es actual ese problema?
GVC: Todos los que se dedican a los negocios ilegales para sobrevivir tienen que corromper en algún momento. No son invisibles, alguien los ve, alguien se entera, y normalmente son los policías municipales, por ejemplo. Y aquellos corrompen para impedir que la policía haga su trabajo.
Sin embargo, creo que el problema de la debilidad de las policías, mal pagadas y poco profesionales, es anterior al narcotráfico. Considero que como sociedad nunca le hemos dado importancia al cumplimiento de la ley y a tener policías, y a la hora en que apareció el narcotráfico, pues éstas vieron una posibilidad de financiarse: se juntaron el hambre con las ganas de comer.
Los datos y las anécdotas que planteo en el libro —que están sacadas del libro de Jesús Blancornelas— de cómo financiaban los Arellano Félix a los judiciales locales y federales son de vergüenza. Yo creo que eso ya se acabó en buena parte: cuando, de manera masiva, sistemática y general, llegaba el delegado o subdelegado de la PGR, y sabía que tenía que ir a recolectar dinero de los criminales para pagar las nóminas. Eso ya no existe de esa manera, lo cual no quiere decir que no hay intentos de hacerlo y que haya todavía corrupción como ocurrió en el caso de Iguala.
Pero a nivel federal creo que hay un cambio fuerte, porque con el presidente Calderón las reglas del juego cambiaron porque el Estado ya no podía tolerar aquello. Allí está el esfuerzo de depuración de policías.
Recuerdo haber platicado con personas que trabajaban en la Procuraduría en la época de Fox, y me decían: “Es que no sabemos qué hacer con muchos judiciales porque, si los corremos, pues se van a dedicar a asaltar y se van a ir del otro lado”. Entonces Calderón decía: “No, es que no se van a ir del otro lado: ya lo están”.
Lo que ya no es tolerable para el gobierno federal es que haya un policía que, con el sueldo, con la identificación y con la pistola del Estado se dedique a asaltar a la gente. En ese sentido sí hay un cambio importante; no quiere decir que no haya posibilidad de que los corrompan, pero desde el Estado ya no se tolera eso, y más bien se inició un proceso de depuración que todavía está en camino y al cual le falta mucho, pero allí está.
Considero que hay un fenómeno que se ha comentado poco y que es importante señalar: cuando entran todas las agencias del Estado a combatir al narcotráfico de manera coordinada pero independiente, esta participación competitiva de las agencias del Ejército, la Marina, la PGR, la Policía Federal, el Cisen, etcétera, dificulta mucho la corrupción. Por ejemplo, cuando se detuvo a El Mochomo, se decía que pagaba mucho dinero a la PGR para su protección, pero el Ejército no estaba enterado del arreglo y fue y lo agarró. De nada sirvió toda la corrupción en la PGR si, además, no tenía comprado al Ejército; luego, si lo tenía pues llegaba la Marina y daba el golpe. Entonces, o la corrupción es generalizada a todo el mundo o no les sirve a los narcotraficantes porque no les garantiza la protección total corromper nada más a una parte de una dependencia.
Cuando hay la voluntad política del gobierno de decir que esto va en serio, no es que la corrupción se acabe de golpe porque seguirá habiéndola, pero se dificulta muchísimo. Además, se eleva el costo porque, por ejemplo, si no es una prioridad política combatir el narcotráfico o el crimen organizado, y yo soy jefe de una Zona Militar, me llega el narco y me dice: “Oye, pues hazte de la vista gorda, aquí yo te paso unos billetitos verdes cada mes”. Y como no me dicen “tienes que agarrar a los narcos”, me hago de la vista gorda. El riesgo de dejarme corromper cuando no tengo la observación ni la orden de combatir al que me va a corromper, es mucho menor que cuando me dicen “tienes que agarrar a los capos y no tienes que dejar que pasen la droga”. Entonces te puedes corromper, pero corres un riesgo mayor de que te detecten y te encarcelen, y si decides corromperte le vas a decir al otro: “Mi riesgo es mucho más elevado, y entonces en vez de 100 pesos me vas a dar mil”.
Entonces no es que se acabe la corrupción, pero sí que el hecho de que haya una política explícita y una voluntad clara de combatir el crimen organizado cierra incentivos y genera diques para la corrupción. Hay que distinguir que esto es distinto en el ámbito federal que en el ámbito estatal, y en ese sentido creo que a nivel local todavía hay mucha más corrupción porque, además, son mucho más vulnerables.
La solución para frenar la corrupción comienza por la voluntad política explícita y clara no sólo del gobierno federal sino de los gobernadores para decir “esto no es tolerable y no es permisible”.
Ejemplo clarísimo de esto es Guerrero: allí no había ni voluntad ni interés político, y se permitía, por ejemplo, que Abarca y su esposa hicieran y deshicieran.

AR: Una presencia que atraviesa el libro es Estados Unidos, desde la política de prohibición hasta la venta de armas, pasando por cuestiones culturales y los mercados de las drogas. ¿Cuál ha sido su papel en la historia del narcotráfico y la violencia en México?
GVC: Ha sido decisivo: si Estados Unidos no tuviera esa política prohibicionista no estaríamos en este problema. Sería una actividad legal más, como la venta de alcohol, y tendríamos un problema gravísimo de salud pública pero no tendríamos el del crimen organizado.
En los mercados ilegales de las drogas tenemos dos componentes: la demanda, que son todos los consumidores, los que quieren fumar mariguana, los que quieren inyectarse cocaína o heroína, o quieren darse un pasón con la coca, etcétera, y por otro lado tenemos la oferta.
La política de Estados Unidos se enfoca más en combatir la oferta que la demanda. Si, por ejemplo, yo digo que el problema de las adicciones está en la demanda, busco programas y proyectos preventivos para lograr que la gente no consuma drogas, o invierto mucho en proyectos de tratamiento para sacar del consumo a quienes ya están en él. La otra es que puedo poner el esfuerzo en impedir que se produzcan las drogas y lleguen a Estados Unidos.
Entonces tradicionalmente Estados Unidos ha insistido más en frenar el problema del narcotráfico por el lado de la oferta que por el de la demanda. Poner ese énfasis ha hecho que su política exterior consista en una presión fuertísima para que otros países dejen de producir y exportar droga.
Durante décadas hemos sufrido una presión muy fuerte de Estados Unidos para resolver este problema. Muchas de las acciones y de las políticas de México se explican por esa presión. Además, y no es ningún secreto sino que hay que decirlo y reconocerlo, la relación entre ambos países es terriblemente asimétrica: ellos son los poderosos y nosotros los débiles, y no tenemos muchas capacidades para oponernos a muchas cosas.
Es tan simple como eso.

AR: Es interesante la defensa que hace de la política respecto al narcotráfico y el crimen organizado en el gobierno del que usted fue funcionario. Por ejemplo, se ha hablado mucho de los miles de homicidios, de los que usted dice que el 82 por ciento se cometieron entre delincuentes. La política del sexenio de Felipe Calderón estaba dedicada a la pacificación, a evitar ese tipo de conflictos con derramamiento de sangre, fueran criminales o no. En ese sentido, ¿cuál es su evaluación de la política de esos seis años?
GVC: Voy a tratar de contestar tu pregunta, pero antes hay que decir lo siguiente: creo que aún es muy poco tiempo para evaluar una política de esta naturaleza porque el fenómeno que estamos enfrentando, que es el crecimiento, la expansión y el poder económico y militar tan fuerte del crimen organizado en México, no es un problema que desaparezca con varita mágica de la noche a la mañana.
Yo pongo los ejemplos de los ciclos de violencia de otros países: en Colombia el ciclo de violencia lleva 28 años. La violencia subió durante 18 años: ese país pasó de 20 homicidios por cada 100 mil habitantes a 80, y luego, en 9 años, lo han reducido a 40. Eso es el éxito colombiano: después de 27 años están al doble de lo que estaban al principio.
Nueva York, que era una ciudad terriblemente violenta, tardó 10 años en reducir la tasa de homicidios a la mitad. Entonces son problemas para los que difícilmente pueden lograrse los resultados deseados en 6 años.
Por eso digo que todavía puede ser muy pronto para evaluar. Sin embargo, creo que hay cosas que son muy destacables en términos de lo que se logró, y hay otras que son claramente insuficientes y que no se hicieron de la manera correcta, o quizá no hubo la ecuación suficientemente balanceada de los distintos componentes de la estrategia.
¿Qué es lo que creo que, en primer lugar, sí fue acertado y que habría que seguir trabajando? Planteo, en términos generales y muy sencillos, que el poderío del crimen organizado, que es la causa del 85 por ciento de las ejecuciones, se debe, en buena medida, a la debilidad de las instituciones del Estado. Entonces lo que tenemos que hacer para debilitar al crimen es fortalecer al Estado.
Entonces, creo que el logro (sin ponerle porcentajes) es empezar a revertir la ecuación, porque hay un proceso de comienzo de un fortalecimiento del Estado, y un proceso de debilitamiento de las organizaciones del narcotráfico. No hay que confundir debilitamiento con desaparición: el narcotráfico no va a desaparecer porque tenemos una demanda fuertísima de drogas en Estados Unidos y siempre va a haber quien quiera entrarle a ese negocio ilegal.
Pero lo que sí es importante es que no debemos tolerar en México, ni podemos darnos el lujo, de tener organizaciones tan poderosas y tan violentas como las que llegamos a tener en estas últimas décadas.
¿Qué quiere decir debilitar al crimen organizado? Tener organizaciones que sean incapaces de retar al Estado y de apoderarse de sus instituciones, y que no tengan esa capacidad de fuego. En ese sentido sí hemos avanzado. Yo creo que ahora no hay ninguna organización (no digo en términos económicos, porque el negocio sigue allí) que en términos militares, organizativos y políticos tengan el mismo poder que el Estado. Durante tres décadas tuvimos 37 narcos poderosísimos; ahora, 32 están en la cárcel o muertos. Entonces ya saben que con el Estado, tarde o temprano, pierden, y antes no había ni siquiera ese mensaje.
Entonces sí empieza a cambiar la correlación de fuerzas entre crimen organizado y Estado. Eso no está resuelto ni mucho menos, pero el proceso está iniciado.
Segundo, destacaría que el Estado ha generado mucha más capacidades, por ejemplo, en el ámbito de la inteligencia. Cuando llegó Calderón había 6 mil policías federales, y ahora hay 40 mil. Algunos estados han empezado sus procesos de renovación y de fortalecimiento de las policías estatales, y está en marcha una reforma del sistema judicial penal. También creo que se fortaleció al Ejército (acuérdese de cuando los soldados ganaban 3 mil pesos y desertaban miles de ellos).
Hay avances, pero evidentemente falta muchísimo. Planteo en el libro que probablemente el fortalecimiento de todas las instituciones de seguridad y justicia nos puede llevar una generación, 20 o 25 años. Más nos vale darnos prisa.
Hay cosas que no se atendieron con toda la fuerza que se debía: haber puesto más coordinación y más fuerza en toda la política social (que sí la hubo, pero no con la interacción adecuada con la política del combate al crimen).
Uno de los puntos débiles que hay que seguir reforzando mucho es la procuración de justicia y las investigaciones judiciales para poder reducir la impunidad por las decenas de miles de homicidios y de desaparecidos. Es urgentísimo seguir fortaleciendo toda el área de procuración de justicia.
Yo hago ese balance general. Creo que en la medida en que estemos un poquito más lejos y despoliticemos y despartidicemos esta discusión podremos ver con una mirada más objetiva qué se hizo bien y qué se hizo mal, qué faltó. Pero yo apunto esos elementos como para el inicio de una evaluación de dónde vamos.

AR: Termino: me habló de varios puntos favorables de la política de Calderón. ¿Ha habido continuidad del nuevo gobierno de Enrique Peña Nieto en esos aspectos positivos?
GVC: En término generales, sí. Pero lo que yo he llegado a criticar es que no le han dado la prioridad, la urgencia y los recursos al fortalecimiento de las policías, de todas las instituciones locales. Siento que allí hubo un freno y que ahora, después de lo de Ayotzinapa, se retoma lo del mando único y la depuración de las policías. Pero ya perdimos dos años.
En términos generales, porque creo que aquí no se inventan hilos negros, se tiene que fortalecer el Estado. Puedes empezar por la Policía Federal, la municipal o la estatal. En las coyunturas uno puede discutir cuál es la estrategia concreta, pero tienes que hacer programas sociales para quitarle base social al narco; tienes que combatir la corrupción y limpiar las estructuras políticas, y debes tener acciones para debilitar las organizaciones criminales.
No es que Calderón haya inventado el hilo negro, pero pues es lo que hay que hacer y es también lo que, de alguna manera, con distintos énfasis y, por desgracia, con menos prisa, está haciendo el gobierno de Peña Nieto.



*Entrevista publicada en Metapolítica, núm. 93, abril-junio de 2016.

lunes, diciembre 19, 2016

Cuando el futbol levantó la cabeza de Argentina. Entrevista con Andrés Burgo


Cuando el futbol levantó la cabeza de Argentina
Entrevista con Andrés Burgo*
Ariel Ruiz Mondragón
En 1982 el litigio entre Argentina y el Reino Unido de la Gran Bretaña por la soberanía de las Islas Malvinas llegó a su punto más alto: a inicios de abril las fuerzas argentinas desembarcaron en ellas y los británicos las recuperaron a sangre y fuego en un conflicto que duró dos meses y que costó cientos de vidas, la mayoría de ellas de jóvenes del país sudamericano. Las heridas abiertas por la guerra quedaron allí.
Apenas cuatro años después, durante la Copa Mundial de Futbol realizada en México, en los cuartos de final se enfrentarían Argentina e Inglaterra, partido que entre no pocos despertó la pasión hasta el punto del morbo. Parecía una oportunidad de revancha histórica. Al final, el resultado de aquel choque del 22 de junio de 1986 en el estado Azteca fue una victoria épica de los argentinos merced a dos anotaciones geniales de su estrella, Diego Armando Maradona, jugadas conocidas como La mano de Dios y El gol del siglo.
Aquel día “es el paraíso del futbol argentino. Hubo cientos, miles de tardes y noches con más goles y con mayor belleza colectiva, pero ninguna con esa carga simbólica. Ese partido es un aleph del futbol que lo tuvo todo, y todo lo que tuvo nos favoreció. El macho alfa de los goles y el más ilegítimo, la deificación de un futbolista en un puñado de minutos, el trasfondo de las llagas de una guerra todavía abiertas, y el contexto deportivo perfecto: los cuartos de final de una Copa del Mundo”.
Quien escribe lo anterior es el periodista argentino Andrés Burgo (1975) en su libro El partido. Argentina-Inglaterra 1986 (México, Tusquets, 2016), volumen en el que relata a detalle lo ocurrido antes, durante y después de aquel legendario encuentro que adquirió dimensiones de epopeya por el contexto político y social.
Sobre ese volumen conversamos con el autor, quien es periodista especializado en deportes. Ha cubierto juegos olímpicos y diversos campeonatos internacionales de futbol, como mundiales y Copa América. Ha sido coautor de otro par de libros dedicados a Maradona, además del volumen titulado Ser de River en las buenas y en las malas. Ha trabajado en TyC Sports y Vorterix, además de que ha colaborado en medios como El Expreso, Clarín, El Gráfico y El País, entre otros.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir un libro acerca de un partido de futbol ocurrido hace 30 años, del que usted escribe que quizá fue el único milagro del siglo XX, pero del que también Jorge Valdano dijo que fue un partido mal jugado, el peor que jugó Argentina en el Mundial de 1986?
Andrés Burgo (AB): Está la cuestión de que soy, ante todo, periodista, y escribir un libro es una de las obras más nobles que puede hacer un periodista. También está la relevancia del tema elegido, ya que es el gran partido de la historia del futbol argentino, y calculo que es uno de los cinco grandes partidos de la historia del futbol mundial.
Es cierto que hay pocos libros sobre partidos: en Colombia hay uno sobre el 5-0 de Colombia sobre Argentina, otro sobre el Chile-Unión Soviética de las eliminatorias para el Mundial de 1974, cuando los soviéticos no se presentaron en medio del golpe de Estado de Pinochet. Hay también un libro en Perú sobre una tragedia ocurrida en un partido Perú-Argentina, el día que hubo más muertos en un estadio de futbol.
Yo me preguntaba por qué no había un libro sobre este partido. A veces las ideas más sencillas terminan siendo buenas, y hace tres años empecé a pensar en hacer un libro sobre el Mundial de México en 1986. Era como volver un poco a mi infancia, porque entonces tenía yo 11 años, lo que era una cuestión muy noble para mí, porque es una cuestión como de que quería volver a mi infancia.
Así que hubo distintos motivos que me llevaron a escribir este libro. Es cierto lo que dice Valdano: fue un partido mal jugado, pero también es un partido que, a medida que pasa el tiempo, se va agigantando en la memoria: es en el que, al menos a ojos argentinos, Diego Armando Maradona se consagró como la versión deportiva del Che Guevara, de Evita, de San Martín. Esto ocurrió el 21 de junio de 1986. Es cierto que a Maradona y a la selección argentina aún les faltaba ganar la final (que después lo hicieron), pero sin este partido de cuartos de final lo otro no habría tenido la misma fuerza.

AR: ¿Cuáles fueron los principales problemas que tuvo para hacer esta gran crónica? Por ejemplo, menciona que le quisieron cobrar entrevistas Maradona, el árbitro y hasta Peter Shilton.
AB: Hacer un libro es, básicamente, un rompecabezas inagotable. Hay una frase que dice que el libro no se termina ni se abandona. La gran dificultad no creo que sea esa que señalás sino las propias limitaciones de uno mismo, el tiempo. El resto es sencillo; es cierto que no pude tener el testimonio de Maradona y del árbitro, pero ellos hablaron hace 30 años, en el caso del primero un montón de veces y en del árbitro un par de ocasiones. Yo conseguí la declaración oficial de la última charla que él tuvo con un periodista francés.
Lo más difícil de un libro es la parte de la escritura; es maravilloso investigar y llegar a pequeñas historias, pero para escribirlas tuve la ayuda de una gran maestra en la edición que es Laila Guerriero, que es la editora de la colección. Fue maravilloso haber trabajado con ella.
Hubo una parte difícil en la construcción del libro: cuando oyes una o varias verdades. ¿A qué me refiero? A que muchos protagonistas hablaban de un único hecho con diferentes versiones. Por ejemplo, a la camiseta que Argentina usó ese día contra Inglaterra. Argentina jugaba con una camiseta blanca antialtura, antiverano, para decirlo de alguna manera, con una especie de agujeritos (“panal de abeja” le decían). Era un modelo que Bilardo había pedido para que la camiseta no acumulara el sudor y se convirtiera en otro rival. El problema fue que esa camiseta sólo era blanca, y Argentina la había usado contra Uruguay; la otra era muy pesada porque no tenía esta previsión antialtura que sí tenía la camiseta celeste y blanca. Pero tenían que jugar con una camiseta azul contra Inglaterra, por lo que salieron unos enviados de la AFA (Asociación del Fútbol Argentino) a comprar camisetas azules genéricas. Ninguno de ellos recuerda en qué local las compraron porque pasaron por 4 o 5 locales para buscar este tipo de chamarras; al día siguiente, a falta de un día para el partido, pegaron los números y el escudo de una forma muy artesanal. Los dos empleados de la AFA que fueron a buscar estas chamarras por distintos locales de ropa deportiva no mencionan una versión de los jugadores; por ejemplo, Burruchaga cuenta que Héctor Miguel Zelada, el tercer arquero del plantel y que jugaba y vivía en México, tenía una casa deportiva, y fue a buscar esas chamarras. Yo hablé con Zelada, y dice que sí es cierto, “yo les di esas chamarras, que salieron de mi local de ropa deportiva”. Pero ninguna de las dos personas que fueron a buscar las chamarras dicen que las hayan comprado en el local de Zelada. Así, hay varias versiones sobre un mismo hecho.
Eso era una complicación para escribir el libro porque las distintas versiones son igual de felices y tautológicas, y no sé si exista una gran verdad sobre los hechos. Creo que cada uno tiene su recuerdo de lo que realmente pasó.

AR: El suyo es un libro muy detallado sobre aquel día. ¿Qué nos dicen esos detalles, algunos de los cuales nos pueden parecer inocuos, del partido? Por ejemplo, desde la tan complicada elaboración de la camiseta que usó aquel día Argentina, hasta el destino de los balones usados en el partido.
AB: Con los pequeños detalles se cuentan las grandes historias. Yo sabía que no iba a tener a Maradona, que es el gran protagonista de este partido, pero que iba a contar con el testimonio del resto de los protagonistas. Maradona sería una especie de Sol, y había que hacer una pintura de la galaxia que fue este partido, por lo que había que rodearlo con el resto de los testimonios. Éstos cuentan pequeñas historias de la grandeza de ese día.

AR: Me parece que un motor de esta historia son los conflictos que había al interior de la selección argentina: desde la confrontación entre Menotti y Bilardo, hasta aquellos rumores sobre la enfermedad de Daniel Pasarella para que no estorbara el liderazgo de Maradona. ¿Esto cohesionó al equipo?
AB: Era una selección que llegó muy conflictuada a México. El rol de Maradona todavía no era el de líder auténtico del plantel, porque había otro: Pasarella, que era como el representante del extécnico de la selección, César Luis Menotti. Maradona era el representante del nuevo técnico, Bilardo.
Pero Maradona le fue ganando a Pasarella el liderazgo del plantel ya en México, por supuesto con sus actuaciones dentro de la cancha, y también por una serie de reuniones muy tensas que hubo. Entonces Pasarella entró en una espiral de desgracias que lo marginaron del Mundial al punto de que en este partido contra Inglaterra estaba en el sexto piso del hospital Español, entubado y tras haber perdido seis kilos víctima de una diarrea por el “mal de Moctezuma”. Hubo quienes acusaron al cuerpo técnico de haberle provocado adrede una intoxicación; pero la explicación que dio el médico fue que Pasarella cometió un error al haber tomado whisky con hielo de agua de grifo, de donde vino la intoxicación.

AR: ¿Cuál fue la intervención de los políticos en este Mundial, y en este partido? Se vio claramente en el caso de Argentina: antes del Mundial Raúl Alfonsín pedía la cabeza de Bilardo, y cuando iba a ser el partido contra Inglaterra varios políticos en el Congreso argentino llegaron a solicitar que su selección no se presentara a jugar.
AB: En Argentina hubo senadores del Partido de la Transición —que era el partido oficialista en ese momento— que pidieron en el Congreso que Argentina no jugara ese partido, que la selección se volviera porque no se podía tener ningún tipo de relación con Inglaterra. La guerra había terminado cuatro años antes.
Por supuesto que creo que hubo algo de aprovechamiento de la oposición, pero también es cierto que el propio gobierno dos años antes había hecho lo mismo: el primer partido oficial entre clubes argentinos e ingleses fue un Independiente-Liverpool, en 1984, dos años después de la guerra, y era la final del mundo entre clubes. El presidente Raúl Alfonsín y su gobierno, a través de la Secretaría de Deportes, estaba a favor de que Independiente no jugara ese partido porque no había ningún tipo de relaciones con los ingleses, ni deportivas. Finalmente los jugadores le pidieron personalmente al gobierno de Alfonsín: “Queremos jugar ese partido, es una cuestión deportiva, no política ni bélica”. Los dejaron jugar, y dos años después, cuando Argentina jugó contra Inglaterra en el Mundial de México, pues como que al gobierno le convenía que la selección jugara. El gobierno ya empezaba a entrar en la espiral de desgracias que terminaría con su derrota electoral en el año siguiente. Pero entonces diputados y senadores opositores pidieron que Argentina no jugara ese partido, y presionaron en la semana previa al partido. Pero hubo telegramas de excombatientes argentinos pidiendo a los jugadores un gran esfuerzo y que no les fallaran en ese partido tan especial.
Cuentan también que el ministro de Deportes de Inglaterra llamó a los jugadores para decirles que, básicamente, no se metieran en problemas, que tuvieran un comportamiento ejemplar, que era un partido muy sensible.

AR: ¿Cuál fue la relevancia política que tuvo este encuentro? Podemos ir de un contexto con la guerra de las Malvinas hasta cuando Maradona, cuando empezó a fallar deportivamente, rescató la historia de que habían honrado a los jóvenes argentinos caídos en ese conflicto.
AB: Políticamente no creo que haya tenido relevancia. Este partido fue visto como una revancha poética por las Malvinas, y es la frase que podemos decir. Repercusiones políticas después del partido yo creo que no hubo; eran épocas en que en Argentina no había Embajada inglesa, y en el Reino Unido no había Embajada argentina. Para reconstruir las relaciones entre los dos países, para empezar una situación no sé si de amistad pero sí de kilómetro cero, sería mejor referirnos a 1990, cuando la selección de rugby de Inglaterra vino a Argentina a jugar unos partidos contra los Pumas (la selección argentina de rugby). A partir de allí empezaron los vínculos políticos y diplomáticos.
Pero yo no sé si este partido tuvo una relevancia política, aunque sí la tuvo social y deportiva.

AR: A partir de esta experiencia, ¿cómo se puede trazar la diferencia entre política y deporte? Usted rescata una declaración de Valdano, quien dijo que era un partido ideal para que se confundieran los imbéciles, que las Malvinas son argentinas era tan cierto como que los militares los habían embarcado en una guerra absurda. También recupera una declaración de Maradona en la que él se reclama ciudadano y hace una distinción con la guerra. ¿Cuál es la separación entre la política y el deporte que, a grandes rasgos, trazaban Valdano y Maradona?
AB: La verdad es que era un mundo ideal donde nada más había que hacer un partido de futbol, pero era en un marco social: la guerra recientemente había terminado, y había sido absurda pero causó muchas muertes precisamente del lado argentino, y la gente estaba muy sensibilizada. Como que a los jugadores argentinos les quedó un inspirado papel de “vengadores” (así, entre comillas).
El propio Valdano, después del partido, y en referencia al gol con la mano, dijo: “Es cierto que el gol fue con la mano, pero también es cierto que los ingleses habían metido un montón de manos en la guerra”.
La guerra fue como un ruido sordo, como un efecto contaminante que tuvo el partido durante toda la previa y que ayuda después a la épica del partido. La verdad es que el partido en sí fue muy limpio, quizá de los más limpios que tuvo Argentina en el Mundial; los dos equipos se portaron muy bien, pero es innegable que, especialmente en 1986, un Argentina-Inglaterra no era lo mismo que un Argentina-Etiopía o un Argentina-España. Había una cuestión contaminante, de la cual los jugadores trataron de aislarse antes del partido, pero era imposible. Hubo un titular de un diario muy bueno que decía que el de las Malvinas era como todos los fantasmas: no existen pero están allí.

AR: En varias partes del libro se aborda la reacción de los ingleses, a la que usted llama de “dulce resignación”, de “grandes en la derrota”, sin ocupar el papel de víctimas de conspiraciones. Al final del libro se puede leer que ellos sacaron varios libros en los que sus jugadores demuestran, en general, bastante admiración por los argentinos, especialmente por Maradona. ¿Por qué fue esta reacción tan caballerosa de los ingleses?
AB: A mí me gustó reivindicar la reacción de los ingleses. La verdad es que un gol con la mano para mí no dice mucho de quién lo hace porque casi todos que tienen la posibilidad de hacer un gol con la mano lo van a hacer; es una cuestión casi instintiva, no es una cuestión premeditada, no es que saliese a hacer trampa. Cierto que Maradona hizo el gol con la mano, pero también hay muchos ingleses recuerdan que Inglaterra ganó un Mundial con un gol que no fue. No hay ninguna diferencia entre hacer un gol con la mano y un gol dudoso.
Para mí hacer un gol o festejar un gol ilícito no habla mucho de nadie porque la gente lo hace. Para mí fue reivindicar cómo los ingleses metabolizaron la injusticia, porque cuatro años más adelante los argentinos, ante un error de un árbitro mexicano, hablamos de “mano negra”, de que había un complot y nos entregamos al victimismo.
Los ingleses, la verdad, asumieron que había sido una injusticia, pero que formaba parte del futbol. Salvo un par de jugadores, que continuaron enojados con Maradona no por la mano sino porque no se disculpó, el resto metabolizó muy bien la derrota y la injusticia. Para mí eso es para destacar.

AR: Vamos sobre la carga simbólica, que es múltiple y muy diversa; al respecto me gustó mucho el testimonio de Héctor Rebasti, este jugador de futbol que tuvo que ir a la guerra de las Malvinas. A partir de ese y otros testimonios que usted haya conocido, ¿qué les dijo este partido a los hijos de esa guerra?
AB: Es muy peligroso hablar de lo que puede significar un partido de futbol cuando hay excombatientes relacionados, y no hay nadie más involucrado que un excombatiente que vio morir a sus compañeros, alguien que por el resto de su vida va a seguir pensando en esa guerra. Y esa persona dice “ese partido fue oxígeno, fue como un volver a vivir, fue como demostrar que los argentinos le podíamos ganar a los ingleses; fue volver a levantar la cabeza, fue sacarse un peso de encima, sacarse una culpa”, todo eso es lo que dice Rebasti, exfutbolista, excombatiente de Malvinas.
La verdad, qué otra cosa podemos decir que aceptarlo y entender que el futbol, entre muchas cosas, por supuesto no es algo trascendente, pero sí es un vehículo para empezar a entender otro tipo de asuntos, y en este caso fue un vehículo para sacarse un peso de encima, al menos para algunos de los excombatientes. Para mí, en ese sentido, allí está la grandeza de este partido, el que, como hace 30 años y en cierta forma, lo seguimos jugando.

AR: También fue importante el papel de los medios en aquel partido. Usted reproduce algunas cabezas de periódicos argentinos e ingleses. Tendieron a exacerbar el nacionalismo y el conflicto, me parece. Después de su revisión hemerográfica, ¿qué nos dice al respecto?
AB: Hubo un tratamiento grave, pero hubo diarios que lo trataron con seriedad. El diario Crónica, de Argentina, toda esa semana habló de piratas, de recuperar las Malvinas a goles. Entonces hubo una cuestión de patrioterismo alrededor de este partido en parte de la prensa.
Pero también nos podemos referir a un diario serio como El País, de Madrid, que aquel día tituló: “Argentina-Inglaterra juegan la versión deportiva de las Malvinas”. Evidentemente los diarios tampoco podían o querían tapar lo que todo el mundo estaba hablando.

AR: Usted llama a aquel partido “milagro”, la ascensión de Maradona como un genio a la altura de Pelé con aquellos goles contra Inglaterra. Pero, 30 años después, ¿qué le dice hoy aquella gesta a Argentina?
AB: Son dos jugadas que se siguen reivindicando cada vez más, pero también pueden convertirse en una especie de yunque en el sentido de que muchos argentinos le piden a Messi que haga este tipo de jugadas. A veces quedarse preso en el pasado es un problema porque te perdés de lo que está ocurriendo ahora. Puede ser que este partido, de manera involuntaria, esté también apoyando esa cuestión de enamorarse del pasado, lo cual no deja de ser ficticio porque en el pasado también hubo problemas como ahora. Pero, volviendo a tu pregunta, claramente esos goles, a medida que pasa el tiempo son más mitificados y se engrandecen con el paso del tiempo en el recuerdo de los argentinos.



*Entrevista publicada en Etcétera, núm. 191, octubre de 2016.