martes, julio 25, 2017

Tamaulipas, el cártel de los gobernadores. Entrevista con Humberto Padgett



Tamaulipas, el cártel de los gobernadores

Entrevista con Humberto Padgett*

Ariel Ruiz Mondragón

Uno de los estados de la República que más ha acusado los agravios derivados de las actividades de grupos delictivos es, sin duda, Tamaulipas, entidad en la que en los últimos tiempos han destacado grupos como el Cártel del Golfo y los Zetas, aunque allí las organizaciones criminales tienen larga data, como lo muestra la historia de Juan N. Guerra.

Para que la operación de esas agrupaciones fuera posible una condición ha sido clave: la connivencia del poder público con ellas. En efecto, en diversos grados y niveles esas bandas han contado con la complicidad de gobernantes, especialmente en el estado, cuyos titulares del Poder Ejecutivo parecen vinculados a ellas.

La descripción y el análisis de ese monipodio entre la política y el narcotráfico en aquella entidad es realizado por Humberto Padgett en su libro Tamaulipas. La casta de los narcogobernadores: un eastern mexicano (México, Urano, 2016). El autor dice en el libro acerca de Tomás Yarrington y Eugenio Hernández: “Hoy, ambos ex gobernadores son considerados como promotores del narcotráfico y lavadores de dinero durante una de las épocas más violentas del México posrevolucionario. No sólo son ubicados en esa categoría por los tamaulipecos, que así los han calificado a ellos y a una docena de sus predecesores desde hace muchos años, sino también por las agencias antidrogas y de persecución criminal de Estados Unidos, principales fuentes investigativas del Gobierno mexicano sobre el narcotráfico”.

Sobre esa historia conversamos con Padgett (Toluca, 1975), quien estudió Periodismo en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán, de la UNAM. Autor de seis libros, ha colaborado en medios como Reforma, Sin Embargo, Proceso y Emeequis. Ha recibido diversos premios: cinco veces el Nacional de Periodismo, el Internacional de Periodismo Rey de España, el Ortega y Gasset, el Iberoamericano de Periodismo Joven y el Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez, entre otros.

 

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir y publicar un libro como el suyo, en este caso dedicado a las relaciones entre el crimen organizado y los gobernantes de Tamaulipas desde los años treinta del siglo pasado y hasta hoy?

Humberto Padgett (HP): Porque el libro permite el formato de gran reportaje en el que se pueden integrar desde esa perspectiva los demás géneros periodísticos, y utilizar las cualidades de cada uno de ellos para potenciar la información obtenida en algunos casos. El libro funciona más como crónica, en otras más como nota informativa, en algunos momentos hay algo de reportaje histórico, así que hacerlo como reportero de prensa escrita fue algo muy disfrutable.

Para el lector es la posibilidad de entrar en la información con profundidad y darle la explicación sobre las causas del problema que, en el caso de Tamaulipas, es principalmente la violencia, que es producida por la corrupción de la clase política que ha existido allí desde siempre.

 

AR: Hay varias partes del libro basadas en declaraciones de testigos protegidos. ¿Qué tan confiables son estos testimonios y cuáles son los principales problemas que implica su uso?

HP: Me fui a Estados Unidos y hablé con agentes en funciones al momento en que se hicieron las investigaciones, que resultaron en las órdenes de aprehensión de Tomás Yarrington Ruvalcaba, y en Estados Unidos la captura pendiente de Eugenio Hernández Flores, para corroborar y cruzar datos sobre la verosimilitud de la declaración: qué tanto pudiera estar orientada con el propósito político en el contexto del año electoral 2012. También para tener certeza de que Francisco García Cabeza de Vaca no estuviera también involucrado en el narcotráfico, porque se hubiera tenido que desplazar el ángulo del libro para incluirlo porque es un elemento importante.

Encontré que el panista no estaba metido con el narco, pero sí (y mucho) con las agencias estadounidenses, y que estas corroboraban lo que la investigación mexicana dice. Esto es lo que traigo para el primer capítulo del libro, el que justifica la hipótesis de que en Tamaulipas existe un narcogobierno.

 

AR: En el libro aparece otro gran personaje, el padrino de Tamaulipas: Juan Nepomuceno Guerra Cárdenas. La suya fue una trayectoria que inició desde los años treinta, y nada más pisó la cárcel unas cuantas horas. ¿Qué nos puede decir de este personaje? Incluso hay una calle lleva su nombre y que fue inaugurada por un gobernador.

HP: Hubo varios factores que crearon a Juan N. Guerra. El primero es que en el México posrevolucionario hubo la necesidad de organizar un sistema de seguridad, al que se incorporó Guerra como policía judicial, quien antes había sido contrabandista. Fue traído a la Ciudad de México como policía judicial por un procurador capitalino que había sido gobernador de Tamaulipas.

También tienes que Matamoros es, a final de cuentas, un pivote de la oferta y la demanda para surtir a la zona de mayor consumo del mundo, que es el este de Estados Unidos: Washington, Nueva York, Boston.

La política local de Tamaulipas tuvo dos momentos en que el control autoritario prevaleció sobre el fortalecimiento de las instituciones: la proyección de Emilio Portes Gil, quien pretendió hacer un maximato tamaulipeco, como él había sido parte de un maximato nacional. Después Miguel Alemán Valdés tuvo interés en el estado porque acotar a Portes Gil significaba terminar el trabajo iniciado por Lázaro Cárdenas de expulsar la injerencia política de Plutarco Elías Calles.

En Estados Unidos confluyó la prohibición, la Ley Volstead, la ley seca que, si bien cesó en lo federal a fines de los años veinte, durante los treinta mantuvo vigencia en algunos estados, así que había un mercado ilícito al cual surtir. Entonces apareció Juan N. Guerra, quien fue un delincuente precoz (inició a los 15 años) que, atípicamente, murió viejo, lo que lo hizo peculiar en un mundo en el que la veteranía es excepcional.

La vigencia de un narcotraficante acaba por muerte o por cárcel, lo cual no ocurrió en su caso. Si comparamos a Guerra con otros narcotraficantes, veremos que el Chapo Guzmán, Amado y Vicente Carrillo, los Arellano Félix, tuvieron vigencia, a lo sumo, de 10 años, y ya 15 años es extraordinario. El Cártel de los Caballeros Templarios vivió seis años, la Familia Michoacana por allí fue. Y Guerra es un hombre que se mantuvo vigente en el negocio durante más de 70 años.

Es una figura que debiera ser revalorada en la historia criminal de México.

 

AR: Es muy interesante: Guerra fue policía en alguna época. Al respecto, ¿cuál ha sido la relación de los cuerpos de seguridad con las bandas del crimen organizado? Esta el caso de Guerra pero nos podemos ir hasta la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y terminar con miembros del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales, los gafes. Los cuerpos de seguridad parecen ser una escuela de cuadros del crimen organizado.

HP: Y el Coss también fue policía judicial. La cuna del crimen organizado mexicano es la seguridad pública que simuladamente provee el Estado. No existe ningún cártel, ni uno solo, que no descienda de las estructuras policiacas y que no haya crecido y prevalecido sin la connivencia de las autoridades.

Giusseppe Falcone, el juez italiano que estableció buena parte de la teoría sobre delincuencia organizada, elaboró para el maxiproceso italiano que llevó a cientos de mafiosos a la cárcel un listado de aspectos considerable para definir una estructura criminal, que se conoce como Falcone Checklist. Él estableció que una característica es la relación con la autoridad, específicamente aquella parte del Estado dedicada a la persecución de la delincuencia.

En el caso mexicano eso se actualiza perfectamente, y vemos que en el caso tamaulipeco es referencial. Tienes que Carlos I. Serrano, jefe de facto de la DFS, enviado por Miguel Alemán Valdés a hacer el espionaje político necesario para terminar de desarticular la operación política de Portes Gil, fue un hombre al que se le encontraron vínculos con el narcotráfico en los cincuenta. En Estados Unidos detuvieron un Cadillac que iba relleno de goma de opio; lo iba manejando un agente aduanal, y el hombre se sintió con la impunidad suficiente para reclamar que le devolvieran el carro. Eso es emblemático.

Siguió Rafael Chao López, quien fue comandante para la Región Noreste y que convirtió las oficinas de la DFS en bodega y paso de drogas. Fue uno de los más importantes testigos en el caso contra José Antonio Zorrilla Pérez por el asesinato de Manuel Buendía, en una cadena que luego llevó al asesinato de Enrique Camarena en 1985 en Guadalajara, lo que cambió para siempre la historia del crimen organizado mexicano, y en buena medida la relación binacional con Estados Unidos.

Posteriormente ocurrió que 34 gafes, elementos altamente entrenados en tareas antisubversivas del Ejército mexicano, se desprendieron para convertirse en el  cuerpo de seguridad de Osiel Cárdenas Guillén.

Según los documentos que utilizo para el libro, los acuerdos y las operaciones entre narcotraficantes y políticos están mediadas por policías judiciales. No hay una en la que no estuvieran: tienen el mismo lenguaje: los policías se refieren a las ciudades no de esa manera sino como plazas, al igual que los narcotraficantes. Y han estado involucradas todas: no hay una sola policía mexicana que no haya sido extinguida como consecuencia de su relación irrecuperable con el narcotráfico, como las policías Judicial Federal, Federal de Caminos, Federal Preventiva, la Agencia Federal de Investigación… La DFS, por supuesto, a la que desarmaron para que quedara en manos, supuestamente, de civiles únicamente, y por la que pasaron personajes de la relevancia de Fernando Gutiérrez Barrios. No estamos hablando de personajes menores porque eran importantes incluso en términos geopolíticos: ¿habría Revolución cubana sin Gutiérrez Barrios? Tal vez no.

 

AR: Otro asunto que me parece importante del libro es que no sólo se habla de la relación entre los políticos y los narcos, sino que hay otro actor importante: los empresarios. ¿Cómo se han vinculado en la economía estos tres sectores?

HP: Hemos admitido que el narcotráfico es un mundo homogéneo, estereotipado, en el que todo narcotraficante es un hombre de enorme barriga, cinturón con incrustaciones de diamantes, una camisa de seda Gianni Versace estampada con hojas de mariguana. Esa es la caricatura; el personaje existe, aunque menos visible. Pero es un mundo diverso: el hombre de cuello blanco que va a las reuniones empresariales, que toma el teléfono y discute con el jefe del sector empresarial, que financia campañas políticas, que es presentado socialmente como un benefactor social porque es un empleador, pero que también se relaciona con el narcotráfico y, más concretamente, con la política.

Así tenemos algunos personajes que lavan dinero simultáneamente para los Zetas y el dinero obtenido directamente del desvío de recursos de los gobernadores tamaulipecos. Esto es muy interesante porque a final de cuentas funcionan como la conjunción entre ambos mundos.

 

AR: En esta parte me pareció muy interesante el papel de las mujeres, quienes tenían a su cargo varias de esas tareas. ¿Qué papel han desempeñado estas damas del narco?

HP: A mí me parece un poco frívolo el tratamiento de la mujer en el narcotráfico como una belleza desbordada con senos de silicón; además estaba el drama de Kate del Castillo, que, a final de cuentas, resultaba tan triste y lejano de lo que pasaba. Por ello quise atraer mujeres de un mundo eminentemente machista pero en el que ellas calzan porque tienen habilidades administrativas ciertas.

Entonces no habló de la Miss Sinaloa o de la Miss Bala sino de mujeres que son operativas para proveer de recursos a un cártel tan complejo como los Zetas. Además son historias que pude documentar de mujeres que ya están extraditadas en Estados Unidos y que dan la posibilidad de entrar al lado B de algunos de los Zetas.

Cuando los Zetas se asentaron en Tamaulipas se empezaron a enamorar de las mujeres. Eso me parecía interesante también para mostrar un aspecto humano de los narcotraficantes. No se trataba de caer en el melodrama sino de tratar de desmitificar la figura de un solo rostro, cuando son sujetos polifacéticos como lo somos todos.

 

AR: ¿Cuál ha sido la relación de los políticos y el narcotráfico de Tamaulipas con la Federación? Creo que no hubieran funcionado sin algún apoyo de las autoridades federales. Por allí destaca el caso, por ejemplo, de Raúl Salinas con Juan N. Guerra.

HP: Salinas Lozano y Antonio Ortiz Mena, quien fue secretario de Hacienda, tenían una función primordial para el contrabando, y es que de ellos dependía la administración de las aduanas mexicanas en un negocio en el que se exportaba droga, se traficaba con personas y se importaban armas y fayuca. La función criminal de las aduanas es sumamente importante, y varios de los principales pasos fronterizos en común con Estados Unidos están en Reynosa, Matamoros y Nuevo Laredo.

Lo que es bien conocido es el compadrazgo entre Raúl Salinas Lozano y Juan N. Guerra, quien habría apadrinado a Raúl Salinas de Gortari, a quien se tenía proyectado inicialmente para la Presidencia de México, aunque resultó ser un político menos disciplinado que su hermano Carlos, quien finalmente consolidó el poder familiar. De manera coincidente, durante el gobierno de Manuel Cavazos Lerma ascendió el Cártel del Golfo y se colocó en la misma dimensión delictiva que los grupos de Juárez, de Amado Carrillo y de los Arellano Félix en Tijuana.

Hubo un par de momentos más de mucha importancia: en 2006, luego de que Eugenio Hernández, su gobierno y su partido político, en evidente complicidad con el crimen organizado, secuestraron a algunos panistas, uno de ellos candidato al gobierno de Reynosa, y también secuestraron al candidato a la primera regiduría, quien era el encargado de las finanzas de esa campaña.

Recordemos que la capital, Ciudad Victoria, no es la principal ciudad del estado sino Reynosa, por su tamaño, por las maquiladoras, etcétera. A este candidato lo dejaron libre con la condición de que desistiera de impugnar el proceso electoral. Lo liberaron hasta que feneció el plazo

También lo que tenemos en grabaciones que fueron ampliamente difundidas en su momento, es que Elba Esther Gordillo acordó con Eugenio Hernández el apoyo a la candidatura de Felipe Calderón, quien hizo una investigación pero no fue consecuente con ella: no llevó a proceso ni a Tomás Yarrington ni a Eugenio Hernández.

El otro momento y en ese contexto fue que a finales del 2005 el gobernador Yarrington pretendió la Presidencia de la República. De esta idea lo convenció un personaje muy interesante: Eduardo García Puebla, un sonorense cercano a Manlio Fabio Beltrones. Yarrington dijo “quiero ser presidente”, y entró en la precontienda junto con otros exgobernadores como Enrique Martínez y Martínez, de Coahuila, y, destacadamente, Arturo Montiel Rojas, a favor de quien declinó para que enfrentara a Roberto Madrazo Pintado. Pero este logró sacar de la contienda a Montiel acusándolo de corrupción.

Luego Eugenio Hernández se convirtió en el coordinador de la campaña de Enrique Peña Nieto para la zona norte. La cercanía es clarísima. Hay quien insiste que en el fondo está el control de los energéticos: el petróleo y el gas tamaulipecos en el Golfo de México, que se extienden hasta Coahuila. Se necesita tener el control absoluto para darle autorización a las empresas de los serranos, de ellos mismos, para explotarlos, como lo han hecho en el estado —hay que recordar que Grupo Higa es de Tamaulipas.

Contar esto último no era el propósito del libro, aunque tal vez lo sea de uno siguiente.

 

AR: En la cartografía del narco establece una diferencia entre el noreste y el noroeste. ¿Cuáles son las principales características de Tamaulipas?

HP: Entra al mercado de drogas de manera tardía, hasta los años cincuenta, cuando tienes a los capos de Sinaloa, más concretamente de Badiraguato, que se han dedicado a las drogas desde el inicio de su existencia. Esto es algo muy bien documentado en El siglo de las drogas, de Luis Astorga, quien hizo un amplio trabajo hemerográfico sobre el narcotráfico, muy orientado a la región noroccidente, en el Triángulo dorado de Chihuahua, Durango y Sinaloa.

El noreste empezó haciendo otro tipo de contrabando, que fue una empresa criminal anterior a su participación en las drogas. Los narcotraficantes tamaulipecos no fueron inicialmente productores, como sí lo son los sinaloenses, que han sembrado mariguana, goma y amapola desde siempre —es posible que estén sembrando desde el siglo XIX, antes de que fuera ilegal—. En el caso de los tamaulipecos no tienen una región: aunque hay siembra de amapola y mariguana en Tamaulipas, en realidad es marginal. Han participado en otras actividades ilícitas, como la extorsión (la venta de seguridad) y el contrabando de fayuca.

Además, creo que han tenido mayor cercanía con el poder político que sus pares sinaloenses, quienes también llegaron a tener, por supuesto, acompañamiento de gobernadores de Sinaloa, principalmente de Antonio Toledo Corro en los años ochenta, y algunos otros, pero es muy evidente cómo esto ha ocurrido en Tamaulipas. Es una síntesis muy clara: no parecen sujetos pertenecientes a dos grupos distintos sino habitantes de un mismo mundo.

 

AR: Otro tema interesante es cómo se han expandido las bandas de Tamaulipas, por ejemplo, en Michoacán, en donde los narcos tamaulipecos dieron origen a la Familia Michoacana y a los Caballeros Templarios, además del control que tienen en Veracruz. ¿Cuál ha sido su influencia en otras entidades?

HP: Luego de la ruptura de los Zetas con el Cártel del Golfo, hacia 2009, se convirtieron en el cártel más importante para la DEA, para el Congreso de Estados Unidos, y lograron tener presencia en al menos 19 de las 32 entidades federativas, incluidos el Estado de México y la Ciudad de México, aunque lo nieguen el gobernador y el jefe de Gobierno.

También lograron establecerse en Guatemala y pugnar por el control de ese país como ruta del trasiego de cocaína sudamericana, y en algún momento establecieron acuerdos con la Ndrangheta italiana en la lucha por la introducción de cocaína en los mercados europeos, que son mediados en aquel lado del Atlántico por la mafia del norte de Italia.

En Estados Unidos los Zetas están presentes en las mismas ciudades —según documentos estadounidenses que muestran mapas que se elaboran sobre las zonas de influencia de los cárteles— donde está presente desde décadas atrás el Cártel del Golfo, sobre todo en la región Este. Ambas organizaciones logran una expansión importante en ese país.

 

AR: Menciona que los Zetas hicieron cambios, y destaca la figura de Heriberto Lazcano, de quien dice que en una época ya parecía más empresario que soldado. ¿Cuáles fueron sus innovaciones?

HP: El uso irrestricto de la violencia. A final de cuentas ellos no tenían el conocimiento del complejo negocio del narcotráfico, entonces no podían meter 10 toneladas de cocaína al mes a Estados Unidos o lavar 10 millones de dólares. Su primer y principal recurso es el ejercicio de la violencia y la asociación de ésta con su nombre. Los Zetas convirtieron a su organización en una marca de derechos reservados e impusieron un peculiar copyright en el uso de la violencia.

Además extorsionan a las personas que están en su entorno social; como ninguno de los Zetas originales era tamaulipeco no tuvieron apego por las personas del estado y simplemente fueron y las exprimieron. Su éxito dependía de que no hubiera excepciones: se extorsiona a todas las personas de todos los lugares, de todos los niveles económicos, de todas las relevancias y partidos políticos. No había excepciones.

La exhibición de la violencia como método de intimidación contra las policías, la ciudadanía y los cárteles rivales le da una nueva vuelta de tuerca al escenario en México. Las decapitaciones originariamente son kaibiles, el grupo de élite de Guatemala que fue integrado a la dinámica delictiva por los Zetas.

Lo que quiero decir en el libro es que la posibilidad que tuvieron los Zetas de extender la violencia, de incrementarla, de definir el conflicto entre las bandas por el monopolio de las rutas y la producción de las drogas está radicada en los acuerdos que hicieron con los gobiernos estatales. Esa es la trascendencia del acuerdo de corrupción que ha ocurrido.

 

AR: También me llamó la atención la independización de los Zetas respecto al Cártel del Golfo. ¿Este rompimiento cómo se expresó en términos políticos?

HP: De manera principal, en el asesinato de Rodolfo Torre Cantú, candidato del PRI a la gubernatura de Tamaulipas. Eugenio Hernández Flores tuvo un acuerdo con los Zetas, e inició su gobierno negociando con una organización que, si bien no era monolítica, estaba estructurada con una cara en la que el Coss representaba al Cártel del Golfo (estamos hablando de que Osiel ya había sido detenido y que la relación de subordinación de los Zetas se había modificado), y en el otro lado estaba Heriberto Lazcano.

Lo que documentalmente se tiene es que el Golfo ordenó el asesinato de Rodolfo por considerar que éste estaba en la voluntad de los Zetas. En algún momento éstos envían el mensaje de “no fuimos nosotros” y lo aclararon públicamente.

 

AR: Otro caso espeluznante en el estado es el de San Fernando, en donde fueron encontrados 72 cadáveres y después más de 200…

HP: Y allí se habla de que son 600.

AR: En el libro hay un personaje que se pregunta: ¿cómo se puede vivir allí? Efectivamente: ¿cómo se puede vivir con los Zetas extorsionando a todo el mundo, y que mastican, trituran, acaban con la gente?

HP: Hay un estado de guerra irregular y eso hace imprevisibles los hechos, los desreglamenta. En la guerra oficial, la que se asume como tal, existen acuerdos de civilidad entre las partes en conflicto, hay cosas que no se pueden hacer y nos remitimos a tratados internacionales. En este caso no existen límites: los niños son igualmente útiles para matar o rendir al enemigo asesinándolos. No existe una sola autoridad sino que hay una situación particularmente fragmentada.

San Fernando es un municipio muy grande y tienes que una parte está bajo el gobierno Zeta, y otra bajo el control del Golfo, y dos más de grupos derivados porque ahora tienes que no hay un solo grupo sino entre 6 y 12 partes, escisiones de los Zetas, y el Golfo también ha tenido alguna. En algunas partes está la Policía Federal y hay otras bajo control del Ejército, pero nadie tiene claro cómo funciona exactamente la geografía del crimen. Se percibe su existencia porque hay lugares en donde extorsionan y secuestran algunos de los grupos, pero si alguno de los otros entra entonces se desata un enfrentamiento.

Lo cierto es que San Fernando genera una reflexión sobre el dolor de personas ajenas al municipio, pero todas las personas de este tienen una pérdida. Es realmente raro que te encuentres con alguien que no haya tenido que ir a la morgue a reconocer a su hijo, o que está esperando que vuelva su mamá, lo que es un asunto realmente de horror.

San Fernando es la muestra de cómo el Estado mexicano sí puede fracasar. Es, creo, el conjunto de secuestros, de inoperancia de las instituciones de  gobierno, de desarticulación de las fuerzas de seguridad pública, de abandono de la ciudadanía a la decisión de alguien que no entiende la vida más que como un proceso de acumular dinero y matar.

 

AR: ¿Cuál ha sido la reacción social a esta situación? Por allí vi que algunos empresarios se quejaron de la situación, se cita alguna marcha contra la inseguridad, por ejemplo.

HP: Hubo un intento real en 2007-2008, cuando las personas hicieron activismo en redes sociales, y la respuesta fue que a una destacada ciberactivista le cortaron la cabeza y la presentaron con el letrero de “Esto me pasó por estar de chismosa”.

Antes de que en Veracruz ocurriera el desastre para la prensa con Javier Duarte, Tamaulipas era el lugar más delicado para hacer periodismo. Consideremos también que uno de los primeros asesinatos contra comunicadores ocurrió allí en los años noventa, contra un editor y su reportera.

Entonces el asunto es que no hay muchas opciones si consideras que la gente asume que es normal vivir con miedo. La otra es que hay una porción importante de personas que han asumido que la delincuencia es una forma válida de ascenso social. Tienes a muchos jóvenes con la aspiración de ser sicarios o capos —curiosamente no se plantean ser gobernadores, lo que creo que es más redituable y más impune.

Tienes una ciudadanía que ha considerado que el cambio político no es posible ni es real. Tengo la percepción de que se ha generado algún movimiento a favor de García Cabeza de Vaca, aunque con dudas. Lo cierto es que sí encuentras a personas de la clase media y media baja que agitan banderas del PAN, lo cual es raro de ver en la Ciudad de México, donde entendemos a los panistas como personas de clase media alta; pero en el norte del país funciona de otra manera diferente.

En general hay una terrible decepción de la clase política.

 

AR: En el libro traza las relaciones que han existido entre los gobernantes y los narcotraficantes durante muchos años, desde Enrique Cárdenas González, gobernador en los años setenta. ¿Qué tan emblemático de las relaciones de la clase política mexicana con la delincuencia es el caso de Tamaulipas?

HP: Es representativa al punto de que, en mi opinión, no existe un cártel más avanzado en términos de logros económicos, de alcance, de acceso a la impunidad, de relaciones económicas y políticas de alto nivel. Yo no tengo problemas en decirlo: es un cártel de gobernadores. No he encontrado algo parecido en Italia, en Japón ni en Colombia. Pablo Escobar fue diputado, pero era lo que se sabía que era, no se simulaba que fuera otra cosa; a final de cuentas Escobar murió en una persecución en un tejado cuando hubo la decisión política de matarlo.

Estos hombres de Tamaulipas no: uno de ellos podrá ser gobernador…

 

AR: Antes presidentes municipales…

HP: Por supuesto: Yarrington fue presidente municipal de Matamoros, y un hijo de Roberto Guerra Cárdenas fue parte de la organización criminal y alcalde de Matamoros. Es un asunto en el que se han naturalizado por completo cosas que no puedes encontrar como lógicas en una democracia real.

 

AR: Menciona que tanto el Cártel del Golfo como los Zetas ya no son estructuras grandes sino que están muy fragmentadas. ¿Qué ha pasado con esas organizaciones, y cómo se refleja tanto en su actividad como en términos políticos?

HP: Se debe a la dinámica prohibicionista que ha colocado en el centro del combate a las drogas la detención y abatimiento de los capos en el momento en que el Estado considera que sea necesario, porque parece ser que tiene servicio a la carta. Por ejemplo, en el momento más crudo de Ayotzinapa detuvieron a Héctor Beltrán Leyva, el Ingeniero, y al Viceroy. Después de años de buscarlos, en el momento políticamente necesario los detuvieron.

Una de las consecuencias es que esto ha llevado a la pulverización de las organizaciones. Vamos hacia un modelo de pequeñas organizaciones, lo que no necesariamente es favorable, al menos en este momento para las personas que viven en los lugares en que aquellas se han asentado. Esto ocurre con los Zetas, pero creo que del otro lado también, con los Beltrán Leyva, quienes son un desprendimiento de Sinaloa, que viene del protocártel de Guadalajara, pero que originaron a los Rojos en Guerrero, y de éstos surgieron los Guerreros Unidos, y además de éstos están el Cártel Independiente de Acapulco, de Pacífico Sur, los Ardillos, etcétera.

Pero lo que pasa con todas estas organizaciones es lo que le ocurrió a los Zetas al inicio: no tienen el conocimiento para hacer el gran negocio de las drogas sino sólo la posibilidad de hacer el infame negocio de exprimirle el cuello todo el tiempo a una población ya de por sí pauperizada.

 

AR: Me acaba de decir que Tamaulipas, hasta antes del Veracruz de Duarte, era el lugar más peligroso para ejercer el periodismo. ¿Qué riesgos corrió al investigar este tema, al publicar este libro con nombres y detalles?

HP: Yo descansé cuando se publicó, y la verdad es que siento alivio con cada entrevista que me hacen. El trabajo se vuelve más público y ese es un freno indudable para alguna represalia.

Los periodistas que vivimos en la Ciudad de México y cubrimos asuntos de crimen organizado, corrupción y derechos humanos, tenemos condiciones de seguridad bastante mejores que las que tienen los reporteros honestos de los estados. No es lo mismo ir a los lugares, trabajar rápido y regresar a la Ciudad de México, que tener por vecino a un jefe de sicarios, que tu hijo en la secundaria sea compañero de un halconcillo o que el dueño de tu periódico sea un prestanombres de Yarrington.

Lo que quiero decir es que yo no encuentro razones para regodearme de que estoy haciendo un trabajo violento. Trato de destacar que es una labor esforzada y, en la medida de lo posible, ser honesto con el lector en el propósito de darle un servicio social.

No creo ni me convencen los periodistas que todo el tiempo están en la pasarela de la valentía y que presumen que su valía estriba no en su trabajo sino en el nombre del funcionario público, del criminal que los está persiguiendo. No me gusta ese estilo.

 

*Entrevista publicada en Horizontum, 23 de mayo de 2017.

martes, julio 11, 2017

Pederastia clerical: el pecado, la culpa y la resignación. Entrevista con Javier Martínez Staines





Pederastia clerical: el pecado, la culpa y la resignación

Entrevista con Javier Martínez Staines*


Ariel Ruiz Mondragón

En los últimos años uno de los mayores escándalos a nivel internacional fue el de los numerosos casos de pederastia cometidos por ministros de la Iglesia católica en diversos países, entre lo que se cuenta México.

Esos hechos han sido relatados ampliamente en forma periodística, pero hasta ahora son pocos los intentos de expresarlos en forma literaria, que es una labor que ahora asume Javier Martínez Staines en su novela Por mi gran culpa (México, Grijalbo, 2017), en la que relata la historia de José de Jesús, Josechu, un adolescente que padece un abuso en un colegio confesional.

Sobre ese libro conversamos con el autor, quien es director de ThinkTank New Media y antes director editorial de la revista SoHo, del Grupo Editorial Expansión y de Editorial Televisa.

 

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir hoy un libro como el suyo, una novela acerca de la pederastia en la Iglesia católica? Además, se presenta desde el mirador de la víctima pero también del victimario.

Javier Martínez Staines (JMS): Seguimos escribiendo libros porque hay una suerte de ejercicio natural de liberación alrededor de ciertos tópicos, como en este caso particular el vinculado con este fenómeno de la pederastia, que he observado desde muchas ópticas, sobre todo desde la periodística, pero que he visto menos reflejado a modo de una novela.

Este caso me parece muy importante porque no es simplemente un tema de subirte a un ciclo de denuncia de algo tan doloroso y tan tristemente extendido como la pederastia, muy vinculado con los jerarcas de la Iglesia católica, sino de poder meterse realmente en un tema mucho más de conciencia en el sentido de humanizar más el problema. Es decir, ¿qué tanto pasa o le puede pasar a un niño o a una niña cuando están en el tránsito tan complejo que es el paso de la infancia a la adolescencia, el amanecer de la pubertad, que es un proceso de cambio muy brusco por sí mismo, cuando este tipo de situaciones límite, de pérdida de la inocencia, se cuelan en su vida? ¿Qué tanto realmente pierden esas personas, que tanto se modifica su cuadro de entendimiento de la realidad cuando apenas empiezan a formarse por sí mismos?

Me parecía importante e interesante entrar desde ese lado, pero también le doy un poco de voz a uno de los victimarios, justamente porque no quería un resultado maniqueo, de denuncia, de buenos y de malos, sino también como tratar de escarbar, aunque fuera con unas mínimas pinceladas, en cuál podría ser la motivación de fondo de uno de estos personajes.

 

AR: Ha sido editor, cronista, columnista, especialista en medios, y me comenta que este tema ha salido en la prensa. ¿Cómo fue este traslado del periodismo a la literatura?, ¿qué posibilidades y limitaciones hay en ese paso?

JMS: Por un lado me ayudó mucho la inquietud personal permanente, y sobre todo, del lado periodístico, el género de la crónica, para tratar de ser más efectivo y más directo, para economizar mucho el lenguaje a la hora de planear un tema de ficción.

Pero, por otro lado, me costó mucho trabajo dejar fuera la deformación periodística y empezar a tratar de ser demasiado fiel y leal con lo que había ocurrido con los personajes, y entender que, a final de cuentas, a la hora de que uno se traslada al mundo literario quizá más importante de lo que ocurrió es lo que debió haber ocurrido.

Entonces eso me dio y me quitó al mismo tiempo, pero creo que definitivamente me dio más para que no me engolosinara con una novela de 400 o 500 páginas, lo cual no tendría yo el mismo derecho de someter a ningún tipo de lector, sino realmente tratar de economizar y de ser muy preciso en términos de lenguaje.

 

AR: ¿A partir de qué elementos construyó su personaje principal, José de Jesús, y a su familia, que es tan católica que hace que él encarnara al papa en una ceremonia y diera sermones? ¿Conoció a alguien de estas características, hay algo autobiográfico?

JMS: Hay una parte definitivamente experiencial y autobiográfica; un segundo bloque es una parte de observación tanto de muchas familias y circunstancias similares a la mía propia y de amistades, como de mucha observación en ese colegio imaginario que finalmente fue real.

De allí surgió; sí hay un contacto personal con ese mundo, que se puede extrapolar muy fácilmente, y que yo podría resumir como una pequeña radiografía de muchísimas familias clasemedieras. Puntualizo esto porque creo que ocurre con muchas de ellas que todavía conservan esta vocación primordialmente religiosa como guía de vida, además de que muchos de estos chicos y chicas van a escuelas privadas, lo que ya no ocurre con clases más bajas de nuestra sociedad, que al menos van a escuelas laicas. Pero en muchos casos los padres de familia escogen escuelas religiosas donde, además, se vive otra autopista de este mismo cuento para hacerlo más violento en algunos puntos.

Entonces sí hay un poco de todo eso: sí hay mucha observación empírica alrededor de ese mundo escolar, de muchas familias, de amigos y familiares, y con algún trazo de anecdotario incluso de mi propia experiencia infantil.

 

AR: Hay otra cara en la historia, que es la que tiene que ver con la idea del pecado, que va desde la pequeña renta de pornografía que hacen Josechu y su hermano, hasta los abusos sexuales de un padre y un profesor de un colegio confesional. ¿Cuál es la idea del pecado en la novela?

JMS: Es un punto relevantísimo porque creo que, más allá de los personajes que aparecen en la novela, mi intención de fondo es poner a la culpa como personaje protagónico, en este caso como la consecuencia inmediata del pecado.

Para mí fue muy importante poner este eje cardinal de la culpa como consecuencia última de la tradición judeocristiana, en la que desde niños hay una sensación de una frecuente violación de normas, cuyas secuelas son la aparición de muchos fantasmas y demonios de consecuencias que pueden ser terribles, como parte de la  formación.

Por eso trato de hacer muchas entradas y juego mucho con el humor, para que todo esto intente ser mucho más suave y ligero, un poco como en la película El infierno, que aborda el mundo oscurísimo de la violencia del narcotráfico mediante mucha ironía y sarcasmo, lo que te hace no sólo tolerable la película sino que te la pasas riendo, aunque te cuestionas por qué carajo estás riéndote de algo tan duro, y al final de la película sales devastado. Pero la aguantaste aunque el tema era muy duro y probablemente no le hubieras podido entrar de otro modo. Para mí también era tratarlo desde ese lado, y hay un acercamiento con mucha ironía a este mundo de la culpa y del pecado, en este caso desde ese momento tan ingenuo de la vida que es la infancia y el arranque de la adolescencia, cuando se vuelve un tema muy tormentoso para la vida de un ser humano.

 

AR: Hay una parte donde el personaje principal menciona dos elementos fundamentales: el miedo y la culpa, pero después descubre uno tercero, que es el amor, que es el alegato que incluso hace el profesor Colina, uno de los abusadores. ¿Cómo se mezcla la idea del pecado con la del amor?

JMS: Es toda esta dicotomía y al final tricotomía: la culpa y el miedo siempre van juntos, y el personaje no sabe qué es lo que más le mueve para hacer o dejar de hacer determinadas cosas, hasta que siente que encuentra un punto que le ayuda a liberarse de todo, que es el amor. Lo juego de esa manera porque claramente pues es el amanecer de la pubertad y del descubrimiento de las sensaciones sexuales y demás en un chico, donde el amor es casi una suerte de reivindicación, de proceso de liberación y de fuga de lo demás, mientras que en el personaje del victimario el amor es una suerte de justificación de todo lo que hace. En el nombre del amor, como finalmente en el nombre de Dios, se pueden cometer los mayores atropellos y uno ya tiene perdón.

Entonces era jugar un poco con eso.

 

AR: También me llamó la atención esta breve aparición de la Teología de la Liberación en los viajes de Josechu y Lola a Oaxaca. ¿Cómo manejó esta otra cara de la Iglesia católica?

JMS: Hay una parte indudablemente experiencial en el tema, y en ese pequeño retrato de familia siempre hay esa dicotomía entre esa fuerza más conservadora versus esa otra fuerza más transformadora en el mundo católico. El personaje empieza a encontrarle más sentido a ese mundo religioso a partir de esas experiencias de irse una vez al año a la sierra mixteca para encontrarse con otras realidades, y verlas como un chico de la clase media que probablemente no sabía con precisión que existía ese otro lado del país, y encuentra que la utilidad de estos personajes religiosos es totalmente distinta a la de otros. Así, tras ir allá para una suerte de lectura de la Biblia a los niños de la sierra, acaba por entender que eso es un absoluto absurdo, y su formación se empodera más bien con esta cuestión de empezar a construir pozos y a sentirse parte de una comunidad que no sabía que existía.

Me parece importante ponerlo porque no quiero hacer una descalificación maniquea de la Iglesia católica, apostólica y romana. Lo que quiero es, a través de pequeñas pinceladas, dejar plasmado que todo siempre es mucho más complejo de lo que parece, que incluso desde la óptica de un victimario puede haber una serie de motivaciones totalmente humanas, que si bien no justifican un acto tan reprobable como el que pretende llevar a cabo te pueden ayudar a entender un poco mejor el caso (entender no significa necesariamente aceptar).

Lo mismo en el caso de la Iglesia: es una pincelada muy sutil como para decir “no es lo mismo este lado de la Iglesia que este otro, que ha tenido alguna suerte de contribución social”. No podía extenderme demasiado en eso; hubo un trabajo de edición que yo mismo hice justamente para dejar la novela lo más breve posible.

 

AR: Otro tema que me atrajo es la soledad: las vidas de los personajes son solitarias gracias a la religión, desde el padre Anselmo hasta el profesor Colina, Josechu y Lola, e inclusive Cristo.

JMS: Hay una suerte de visión de congregación comunitaria en todas las religiones, y cualquier tipo de cuestionamiento del funcionamiento de ese engranaje de la fe inmediatamente te vuelve una suerte de forastero. Es esa sensación de decir “soy y no soy parte de una comunidad; al final me siento muy solo si no estoy metido simplemente en el precepto irreflexivo”, como trato de plantear en el retrato de la madre de Josechu, quien claramente no sufre de soledad porque ella está metida en ese engranaje sin ningún tipo de cuestionamiento. Cuando está la duda empieza a haber esa sensación de soledad, la que viven desde distintos ángulos ciertos personajes.

El profesor Colina y el padre Anselmo en realidad son personajes solitarios per se porque así son. Los chicos también porque que han vivido unas circunstancias que les hacen sentir fuera de casi cualquier tipo de comunidad porque no saben cómo manejar el tema, no saben cómo hablarlo, cómo registrarlo o confirmarlo.

 

AR: Cuando Josechu intenta denunciar el abuso, su padre le dice que “es un cariño malentendido” y hace caso omiso. Lola sólo le cuenta a su primo sobre el abuso del cura, y parece que la solución a estos abusos es la resignación, que va igualada con la impunidad.

JMS: Creo que es la parte más desesperanzadora y triste de la historia. Se me hace un poco timorato plantear cualquier otro tipo de escenario, primero porque claramente, desde cualquier tipo de investigación documental acerca de este fenómeno, la cantidad de repercusión jurídica o penal que ha tenido es escalofriantemente baja.

Segundo, las denuncias, en sí mismas, con muy pocas. Hemos avanzado mucho en los últimos cuatro años; aquí fue ocurrió el fenómeno del padre Marcial Maciel, y en lo que terminó esta historia fue en un padre protegido y escondido por el papa Juan Pablo II hasta el final de sus días.

En Holanda hubo denuncias masivas, y luego claramente con la película Spotlight se puso sobre la pantalla pública mucho más el tema de la investigación del Boston Globe. En Argentina también hubo una serie de cosas, pero que acaban siendo al final “perdonémoslos porque son padrecitos”.

También el propio sistema operante de justicia religioso se hace cargo del asunto, y al final queda siempre como que allí no pasó nada, como si fuera el propio sistema judicial de nuestro país.

Al final somos cortos de memoria y todo se olvida, y en ese sentido por eso pongo, incluso con un efecto de dramatismo, cómo la prima acaba volviéndose monja con razones equivocadas, y entonces el personaje principal siente una infinitud en esa soledad como diciendo “mi única cómplice de vida, de historia de atropello, me acaba de traicionar también”.

 

AR: En la novela hay una parte donde se le da voz a Cristo, quien declara estar solo por elección, con algunas críticas a la Iglesia católica, de la que él se deslinda. ¿Hay que dejar descansar en paz y en su soledad a Cristo?

JMS: Es probablemente el pasaje que más me cuestioné de toda la novela y es el último que puse en todo mi proceso de creación. Es el relato de un sueño de Josechu, que imagina que Cristo se le aparece y que le dice todo eso. Pero mi motivación principal fue que, al tener tanta historia de vida con tantos puntos de contacto con este mundo religioso al cual yo renuncié hace muchísimo tiempo, quería meter una suerte de guiño para este tipo de personajes a través de un monólogo de Cristo, para dejarlos, por un lado, como en la duda total de en qué carajos creo yo, y por otro lado, me parecía que, como ocurre prácticamente con todas las religiones, uno se crea los personajes, a los que existieron en alguna época, y les puede dar el aura y la intencionalidad que se le pegue la gana. Como me parece que en nombre de Cristo se teje la manipulación a escala más grande que exista en el mundo, otros dirán que es en el nombre de Alá o de Mahoma, la quise meter allí como un pequeño guiño.

No necesariamente creo que se le debe dejar en paz, pero sí que abramos un poco los ojos a toda esta manipulación.

 

*Entrevista publicada en Horizontum, 8 de mayo de 2017.

miércoles, junio 21, 2017

Caso Posadas: mierda añeja para retratar el México actual. Entrevista con Diego Petersen Farah



Caso Posadas: mierda añeja para retratar el México actual

Entrevista con Diego Petersen Farah*

Ariel Ruiz Mondragón

La tarde del 24 de mayo de 1993 comenzó a esparcirse una noticia que conmocionó a México: en el aeropuerto de Guadalajara el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo y su chofer resultaron muertos después de ser acribillados. Tras sus investigaciones, la Procuraduría General de la República, entonces a cargo de Jorge Carpizo, sostuvo la hipótesis de que el purpurado cayó bajó las balas de asesinos bajo las órdenes de los hermanos Arellano Félix, quienes pretendían matar a Joaquín Chapo Guzmán. Todo fue resultado de una lamentable confusión.

Sin embargo aún se sigue cuestionando esa versión. Ahora, en Casquillos negros (México, Tusquets, 2017), una novela negra entretenida y humorística, Diego Petersen Farah (Guadalajara, 1964) presenta, con los recursos de la ficción pero también con algunos elementos reales, una hipótesis alterna en la que se ahonda en la relación entre los narcos, la Iglesia católica y el gobierno mexicano.

Sobre esa interesante novela conversamos con el autor, quien ha sido fundador de los diarios Siglo 21 y Público, de Guadalajara, de los que fue subdirector y director, respectivamente. Actualmente colabora en El Informador.

 

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué hoy un libro como el suyo, sobre un asesinato que ocurrió hace 24 años? Al respecto me llamó la atención lo que dice Adalberto Zaragoza, el personaje de la novela: “¿Quieres remover mierda añeja? Eso nunca es bueno”.

Diego Petersen Farah (DPF): La verdad es que pensé que el caso Posadas es tan complejo y lleno de contradicciones que se prestaba mucho para una novela negra. Entonces es una novela negra de la actualidad que revisita el caso Posadas, que remueve mierda añeja pero lo que busca es retratar un poco cómo está el México actual a partir de un asunto que visto en retrospectiva es un punto de quiebre en una forma de administración del narco por parte del Estado.

Yo creo que hay dos momentos clave en lo último que menciono: uno es el asesinato de Enrique Camarena, cuando se rompió el primer modelo, el del cártel único, y en el caso Posadas se quebró el modelo de diferentes cárteles adiestrados por diferentes agencias del Estado. Entonces, de alguna manera esto fue como el inicio de un proceso de descomposición que nos lleva hasta lo que vivimos ahora. Por eso la novela tiene esa parte del caso Posadas pero también la de la descomposición actual.

 

AR: Al respecto otro personaje, Esther Compay, dueña del burdel Guadalajara de Día, habla de la corrupción en el gobierno, y dice que antes se entendía con alguien del gobierno y con algún funcionario de salud, pero que con la democracia se produjo un caos al respecto. ¿Cómo lo retrata en esta historia, porque parece que con la democratización la corrupción aumentó?

DPF: Creo que es la ruptura de un modelo de control que tenía ciertas reglas no escritas, y el paso a un modelo de absoluto descontrol. Pensamos que la democracia consistía en la transición a través de elecciones confiables, y se nos olvidó que con la democracia había que construir el Estado de derecho, una serie de instituciones alrededor de las elecciones que permitieran que la democracia funcionara. Eso está retratado, de alguna manera, en la novela.

 

AR: La historia parece resumir una buena parte de los problemas y escándalos del país: va desde el porrismo hasta los vínculos corruptos entre el narcotráfico, la Iglesia y el Estado. ¿Esa fue la intención?

DPF: Sí. Yo creo que mucho de la intención de la novela es ver el problema del narcotráfico más allá de la punta del iceberg, porque queremos ver esto y no el entramado de relaciones que lo soporta por abajo del agua. Lo que la novela negra permite es ver el lado oscuro de una sociedad, que es donde se manifiesta todo este entramado corrupto que siempre parece que es el bajo fondo, pero que siempre tiene conexiones con empresarios, políticos o religiosos.

Buena parte de la intención de esta novela negra es retratar ese entramado corrupto, y no es que yo lo afirme sino lo dijo aquel obispo de Aguascalientes: en el cepo se limpiaban las limosnas del narco. No estoy diciendo nada que no haya sucedido, desde los casos de pederastia hasta el lavado de dinero, sino sólo lo pongo en un contexto de novela, que no es un reportaje ni un libro de historia.

 

AR: Al respecto me interesó cómo combina la ficción y la realidad; por ejemplo, al final del libro anota sobre su título que casquillos negros son producto de las balas recargadas que usan los cuerpos de seguridad del Estado, y que varios estaban al lado del auto del cardenal, es decir, un elemento real.

DPF: Lo de los casquillos negros es un dato que me llegó de vista, y esto ¿cómo lo puedo sacar si no es a través de la novela? No tenía manera de siquiera tenerlo en grabadora. A partir de eso lo que hice en este caso concreto fue amarrar los cabos sueltos; por eso no digo “esto es lo que pasó”, sino esto es lo que pudo haber sucedido si amarramos esos cabos sueltos para que tengan cierta lógica, que a lo mejor es equivocada pero que le dan a la novela un corpus, un sentido.

Entonces a partir de la propia experiencia pude poner lo que sabía sobre el caso Posadas en narrativa, y que no sea yo quien lo diga sino que sea el ambiente de la Nunciatura, en Tijuana, lo que narre los sucesos.

 

AR: ¿Entonces es una hipótesis presentada de manera literaria?

DPF: Sí, que no pretende más allá que ser literaria; alguien puede cambiarle su visión sobre el caso Posadas al meter el elemento de que efectivamente la Iglesia estaba lavando dinero y que pudo haber sido una de las líneas de trabajo, tema que salió por allí, en algunos momentos se dijo, pero nunca se investigó. Por a ninguna de las dos partes que entraron en un conflicto absurdo sobre el caso, el del entonces procurador Jorge Carpizo y sus opositores en Jalisco, les interesaba que eso saliera. Entonces se concentraron en otras cosas de intereses directos, uno por probar una hipótesis llena de huecos, y otro por probar un complot.

 

AR: En la historia hay un par de personajes muy atractivos: el primero es Adalberto Zaragoza, periodista de nota roja despedido de un gran diario y que funda, como se dice por allí, un pasquín llamado Sangre. ¿De dónde salieron los trazos para hacer a este personaje?

DPF: Hay un personaje que es el que tomó la foto del cardenal, Jorge Zamora, que fue un reportero de Siglo XXI, y de alguna manera en su anécdota aquel personaje está muy inspirado en él, no en la personalidad ni en todo lo que le rodea, lo cual ya es parte de la ficción.

En la primera novela que escribí aparece Adalberto Zaragoza ya como personaje como este reportero de nota roja que trabajaba en un gran diario, del que lo terminan corriendo en la novela anterior, y por eso en este nuevo libro la continuidad es a partir de que él funda su propio semanario ya en busca de la libertad de poder sacar las fotos que él realmente quiera publicar.

Lo que creo es que un reportero de nota roja tiene unas habilidades completamente distintas de las de los reporteros que piensan en la política. En la historia hay un momento en el que le pregunta a Tripa: “¿Y por qué yo?, ¿por qué un pasquín como el mío?”. “Pues porque tú va a ir por la nota roja, a investigar qué pasó con el crimen y no por su interpretación política”. Eso le da (entre comillas) pureza o una visión distinta por su expertise que es leer los cadáveres, la escena del crimen, y sabe entender qué hay detrás de cada signo, lo que le permite ser más un personaje de novela negra, policiaca. Es un investigador pero no político sino estrictamente del crimen.

 

AR: El otro personaje fascinante y terrible es Everardo Montes, el cura que es el vínculo entre los narcotraficantes y la Iglesia. ¿De dónde salió este personaje?

DPF: Hay un personaje que en el caso Posadas hizo el vínculo con los Arellano Félix, y de hecho hay algunos elementos de realidad en ese personaje, como que falsifica el acta de bautismo del hijo de Ramón Arellano Félix, y que era el contacto con los Arellano. Pero está completamente novelizado y recreado con elementos incluso de otras historias: en la parte de su infancia puede haber incluso rasgos de la de los padres Marcial Maciel y Gerardo Montaño, aunque se trata de un personaje de ficción, por supuesto.

 

AR: Los personajes hacen declaraciones fuertes, con la de que la Iglesia es una mafia, “la más antigua y sofisticada del mundo” y que Girolamo Prigione es uno de sus operadores más cabrones.

DPF: Hay una frase de Everardo Montes cuando está narrando el encuentro en la nunciatura: “Allí entendí la diferencia entre un narco y un mafioso”. Prigione era un personaje verdaderamente siniestro en muchos sentidos, y quien sí tenía esta gran capacidad de actuar en función de los intereses de la Iglesia, de sus intereses mucho más allá de lo espiritual.

De eso sí hay una parte de la Iglesia, y esto no tiene que ver ni con los curas ni con los creyentes sino de la institución eclesial, que a lo largo de la historia ha sido manejada como una gran mafia o como un gran conglomerado de intereses. Creo que en México el personaje que más representó ese conglomerado de intereses fue Prigione, que, además, como aparece en la novela, es alguien que entiende y sabe lo que pasó, por lo que lo puede utilizar mejor para chantajear al Estado que para resolver el caso. Esto no le interesa sino el poder que le da, por ejemplo, tener a los Arellano Félix en la mesa.

 

AR: Aparecen otros personajes, como, por supuesto, Tripa y el general Ramírez Abarca. En ambos se personifica la corrupción del Estado mexicano.

DPF: El general es una mezcla: a lo mejor no hay ninguno tan malo pero muchos sumados sí hacen un militar así. Tripa es un personaje de los bajos fondos, que también es un poco víctima de la modernización porque lo corren del Cisen porque no pasa el control de confianza, pero en realidad él siempre sospecha que es porque evidenció la farsa que había detrás de la guerra contra el narco.

Son personajes que permiten retratar estas cosas que nos están sucediendo actualmente, aunque su origen es el viejo sistema.

 

AR: Hay otros dos elementos muy presentes en la novela: por una parte el humor y por la otra el amor. ¿Cómo los presenta en la novela?

DPF: Creo que el humor es parte esencial; no sé si un estilo, lo que sería muy presuntuoso, pero cuando estoy escribiendo es la forma de ir liberando la tensión misma de la novela. Los personajes tienen que vivir en el humor porque de otra manera no soportan esa realidad en la que viven.

Los personajes, por más sórdidos que sean, son contradictorios, no puede haber uno muy bueno y otro muy malo, todos tienen límites, miedos y una relación con el amor. Por ejemplo, Tripa crea toda una religión fundada en que el único amor sincero es el pagado, pero llega un momento en que la propia realidad lo rebasa por la edad, porque empieza a sentir cosas que nunca había sentido y que le harán saber que eso es el amor.

En el caso de Zaragoza, yo digo que todos los periodistas tenemos límites, y algunos decían que un precio; él es padre soltero y su límite es muy claro: su hija. Entonces su preocupación de meterse al asunto es poner en riesgo a su hija. Su miedo permanente es no ser un papá para ella por la forma de relación que ha construido. Entonces un personaje que pareciera muy sórdido tiene este lado muy débil.

Entonces lo que me gusta a mí de este par de personajes son esas contradicciones: no son cuadrados sino llenos de pequeñas aristas.

 

AR: Quiero ir sobre su vertiente de periodista: ¿cómo ha sido su paso del periodismo a la literatura y cómo las ha vinculado?

DPF: Fue una transición larga en el sentido de que el momento en que decidí que quería incursionar en la literatura a que lo hice pasaron 10 años, periodo en el que no me animaba. La parte bonita de la anécdota es que el que me aventó al agua fue Juan Gelman. Un día en una FIL me arrinconó y platicamos mucho de eso, y me dijo: “Ya deja de hacerte burro y ponte a escribir”. Eso fue como el gran empujón al agua, pero cuando me metí en ella me di cuenta de que no sabía nadar. La primera novela me costó mucho más trabajo, salió fatal: se las envié a algunos amigos, y me dijeron “esto no sirve”. Estuve a punto de tirarla, pero finalmente la retomé y ha sido un proceso de aprendizaje.

En la segunda novela, aparte de la maduración, en la parte más literaria es mucho más libre y el periodista se va quedando atrás poco a poco.

Como periodista también me ha hecho ser más libre en mis textos, me doy más licencias tal vez porque me doy cuenta de que hay otras formas de narrar que también pueden caber.

Pero si me preguntan, yo sigo siendo un periodista de tiempo completo, narrador en ciernes, en proceso, que se va construyendo en sus horas libres, que son de 6 a 8 de la mañana.

 

AR: Hay otra parte donde Tripa se pregunta: “¿Tendrán algo en común los periodistas y las putas?”. ¿Qué nos dice usted al respecto?

DPF: Es que Tripa va a entregar un maletín de dinero a la casa de un director de una cadena de periódicos. Habrá algo en común entre esos dos mundos medio sórdidos, llenos de relaciones perversas y utilitarias. Yo creo que sí, también porque hay una parte de la prostitución que tiene que ver con la vocación, no sólo en su parte horrorosa.

Yo sí creo que el periodismo está sumamente prostituido en este país porque los periodistas estamos dispuestos a hacer muchas cosas, igual que las prostitutas.

 

AR: En otra parte del libro se dice que los grandes periódicos hoy están diseñados genéticamente para salir todos los días y que son, más bien, periodizombis, “diarios sin alma, sin inteligencia ni espíritu”. ¿Así los ve hoy?

DPF: Hay una crisis que ha mantenido a los medios a partir de vida artificial. Lo planteo muy sencillo: si hoy no hubiera inversión de los gobiernos en los periódicos, desaparecerían en automático. Pero la crisis que ha vivido la prensa a partir de 2004 ha sido paulatina en términos económicos y ha provocado que muchos periódicos vivan para sobrevivir y no con una intención fuerte o clara de país. Decía Tomás Eloy, de lo que le aprendí, que detrás de un periódico tiene que haber un proyecto de ciudad y de país; si no tiene esta gran visión es un periódico sin alma. Esa es la referencia. ¿Cuántos periódicos hoy no saben lo que son sino que nada más viven para vivir? Y eso es lo que hace que el periodismo, en muchos casos, esté en esta crisis espantosa.

 

*Entrevista publicada en Horizontum, 8 de mayo de 2017.